¡Qué ilusión teníamos Saúl y yo por hacer este esperado viaje!; y, sobre todo, porque nos iba a acompañar mi querido y buen amigo Ignacio (Igna, para los amigos).
Mami lo tenía reservado desde hacía bastante tiempo (siempre tan previsora ella; nunca se lo valoraremos lo suficiente), pues anteriormente no pudimos ir porque falló gente o amigos ya que el tiempo no acompañó, pues llovía o estaba nublo, y no podríamos observar el cielo en todo su esplendor con todas sus estrellas, luminarias y constelaciones…
En fin, que llegó el sábado, 22 de noviembre, y, por fin, pudimos emprender nuestra nueva y esperada aventura viajera-exploradora (¡qué ilusión teníamos los tres niños y los mayores también, a su manera!), pues nos dirigíamos a la Sierra Norte de Sevilla, a Riscos Altos en concreto, en el que todos, menos mi amigo Igna, ya habíamos estado alguna que otra vez. Yo, bastantes; el que más…
El día amaneció espléndido y soleado aunque el tiempo, ya se notaba hasta en Sevilla, estaba cambiando y hacía más fresco cada día. Tanto mi hermano como yo peleamos por no ponernos la camiseta de invierno, porque nos creemos que en Sevilla todo el año es verano permanente, pero no…
Nos levantamos bien, sin que nadie nos tuviera que despertar como cuando vamos al cole, pero luchando por no ponerlos la susodicha camiseta de invierno, hasta que claudicamos y pudimos salir de nuestro domicilio sevillano a eso de las 10 de la mañana, una vez que el padre de mi amigo nos lo trajo para que nos lo llevásemos en nuestro coche.
Los tres (Saúl, Igna y yo -Abel-) íbamos detrás mientras el ío (que condujo a la ida y a la vuelta del viaje) y mami iban delante charlando todos alegremente. Un día de excursión nunca es comparable a otro de cole normal, «aunque de todo hay en la viña del Señor», como suele decir mi ío…


Los poco más de ochenta kilómetros que separan Sevilla de Riscos Altos los hicimos todos bien, excepto Saúl, que cuando ya iba avanzado el viaje quería bajarse porque estaba cansado y le picaba el sueño, a pesar de que la noche la echó de un tirón en su camita. Pero, gracias a los buenos cuidados y palabras de mi amigo Igna, que supo calmarlo y tranquilizarlo, se durmió sin que tuviésemos que parar en ningún sitio. Como le pasaría a la vuelta, que nuevamente ejerció mi amigo los mismos buenos servicios… ¡De casta le viene al galgo….! Los demás íbamos admirando el paisaje y las poblaciones que atravesábamos (La Rinconada, Villaverde del Río, El Pedroso, etc., hasta llegar a Cazalla de la Sierra que es el término municipal en el que se encuentra ubicada la finca ganadera de Riscos Altos). Aquél se iba tornando cada vez más verde, serrano y campestre, con la bonita estación del año que estábamos disfrutando, pues «el otoño trae unos colores, unos sentimientos, unas emociones y unos sabores dignos de admirar», como dice mami…

Como teníamos la entrada anunciada alrededor de las doce de la mañana, conseguimos el objetivo, aunque nos pasamos coger el último carril que entra directamente a la finca, pues está a la salida de una curva y no lo tienen anunciado para los que íbamos en esa dirección, aunque sí a los que vienen al contrario; por ello tuvimos que dar la vuelta, un poco más abajo, para entrar con buen pie a esta extensa finca agraria y ganadera, bien llamada Riscos Altos, que tantos gustos y buenos ratos nos iba a proporcionar durante las veinticuatro horas siguientes en las que permanecimos en ella.
Nada más adentrarnos sentimos una alegría inmensa, pues pudimos admirar su variado y especial colorido, su extenso y variopinto arbolado y bastantes animales que circulaban en régimen de casi libertad (ovejas con sus crías, cabras ídem, cerdos ídem, gallinas y gallos, burros, perros, gatos, etc.), pues tienen algunas cercas con el fin de que no huyan o se pierdan. Y a lo largo de esta jornada y la mañana siguiente íbamos a disfrutar de todos ellos en primera línea con las sabias palabras y experiencias de Ricardo… ¡El sol imprimía el calor y el colorido más adecuados a toda la finca…!


Lo primero que hicimos fue dirigirnos directamente a la casa en la que íbamos a pernoctar para poder descargar el coche y empezar a disfrutar de esa paz inigualable y ese ambiente campestre del que estamos tan necesitados los urbanitas que somos nosotros cinco. No había llegado otra familia todavía, lo haría después, antes de la comida (dos madres con sus respectivos hijos, en total cinco personas, como nosotros, también residentes en Sevilla, y que pararían en la puerta de enfrente de nosotros). Nuestra estancia se llamaba El roble. Era un coqueto apartamento rural con dos grupos de habitaciones en planta baja y primera: salón-comedor, dormitorio y cuarto de baño. Igna y yo escogimos la planta baja. Mamá, el ío y Saúl se quedaron con la de arriba.
Una novedad que ya nos había advertido mami es que allí no había internet, por lo que los móviles y aparatos similares iban a descansar unas horas del trabajo continuado, agobiante y monótono que llevan a lo largo del resto del año. A los mayores esto les encantaba, a nosotros, los niños, no tanto, pero luego nos adaptamos muy bien y hasta se nos olvidaría, pues consumimos nuestro tiempo en ver y disfrutar del paisaje, recorrer las estancias y campos que se nos presentaban, embobarnos con los animales vivos que no tenemos la suerte de ver en Sevilla capital, saborear la contundente y rica comida que estaba para chuparse los dedos…

Pronto nos recibió Ricardo que es el encargado de la finca, juntamente con su simpática y trabajadora madre, Carmen, una mujer inteligente, súper sabia y ganadera a carta cabal que ha escogido este mundo rural para trabajar en su jubilación llevando el amor al campo y la ganadería por montera, y lo hace de una forma sencilla, amorosa y empoderada, como se suele decir ahora…

Los dos perros negros de la finca (madre e hijo), Sombra y Pocholo, vinieron a recibirnos nada más bajarnos del coche, pero, aunque a Saúl le dio un poco de miedo observar que venían corriendo hacia nosotros, luego comprobamos todos que son pacíficos y que lo único que querían eran olernos y comprobar que somos gente de paz y buenos amigos.
Nada más bajar el equipaje nos fuimos a recorrer lo más cercano de la finca con esos sonidos característicos del balado de las ovejas y de sus crías, con sus distintos timbres especiales. Hubo momentos en los que parecían voces humanas y de críos pequeños o recién nacidos.

También descubrimos que había nueces de la tierra en una mesa del exterior y nos entusiasmamos y entretuvimos un montón machacándolas, buscando primero unas buenas piedras o lascas con las que golpearlas y comiéndonoslas como si nos fuera la salud y la vida en ello. ¡Qué ricas nos supieron a los tres! Luego, en casa, seguro que ni las probaremos, pero allí la novedad y la aventura eran máximas y se coaligaron oportunamente.
Tras colocar los equipajes en nuestro apartamento hicimos hora de comer entreteniéndonos en andorrear por el campo, atravesar alguna que otra cerca y observar en vivo y en directo esos animales tan preciosos, vivitos y coleando, no como los observamos en la carnicería colgados de un gancho, como solemos verlos en la capital.
Hacía fresquito pero el sol ya iba calentando lo suyo y con nuestra actividad juguetona no precisamos a esa hora los abrigos que los mayores no se quitaron en todo el tiempo en que estuvimos aquí.
Sobre algo más de las dos de la tarde nos fuimos bajando para hacer la primera opípara comida del día en este paradisiaco lugar. Como el sol caldeaba bien pudimos hacerla en el exterior del cortijo de abajo, que es donde viven los caseros y se hacen las tres comidas del día, ya que nuestro apartamento era solo para descansar o dormir por las noches.



Mientras esperábamos la comida estaba la pareja de Carmen, Manolo, trajinando con una mantis religiosa preciosa. Nos la mostró varias veces y nos dio científicas y sencillas explicaciones. La fotografió el ío y luego, cuando estábamos ya comiendo, vino otra vez a enseñárnosla y con su móvil nos mostró una fotografía trucada de color rosa en la que estaba preciosa. La metió en una botella ancha de cristal para que se observase mejor y viésemos los huevos que ponía… Se ve que es un amante de la fotografía pues nos enseñó su cámara pequeñita muy usada, aunque ahora el móvil la haya desplazado…



Las fotos que acompañan el artículo lo dicen todo. De primero fue un tapeo con rico salchichón añejo que desapareció del plato prontamente, siempre acompañado de picos o regañás; el pan de doble tipo: blanco y moreno no faltó nunca. El paté nos encantó a todos y nos pusimos hasta las orejas. Los pastelitos de calabaza con sus especias características, nos gustaron a todos, pero especialmente al ío que le supieron a morcilla en caldera de su tierra ubetense, seguramente por el combinado de especias que llevaba. Vino Carmen, la casera, que también es la cocinera, juntamente con Ricardo, a departir con nosotros y con los de la otra mesa, con el fin de saber si nos gustaba la pitanza y vaya que nos gustó. Así se lo manifestamos.



De segundo, llegó la carne en doble versión: pollo y cabrito, que fue la que más nos gustó a todos, incluido mi amigo Igna, que así lo expresó. Estaba de tierna que se deshacía sola en la boca. El pollo también estaba muy sabroso y tierno. Toda la carne iba con su guarnición de arroz y setas que la hacían aún más apetecible. Llegó finalmente el postre. Estaba exquisito, pues era también de calabaza de la tierra y estaba para chuparse los dedos. El ío se tomó varios, nosotros solamente uno cada uno…

Después llegó el tiempo de descanso cual siesta que apenas resistimos en el apartamento pues, aunque queríamos leer mi amigo y yo, mamá pensó que era mejor disfrutar del ambiente campestre ya que estábamos en el sitio ideal. Por eso hicimos los cinco nuestra propia excursión tras las alambradas primeras y caminamos por el monte con el fin de ver a las cabras y a los burros, bueno eran burras y muy vagas, por cierto, según nos diría luego Ricardo, ya que son muy flojas y no hacen nada durante todo el día, a no ser comer y descansar de su nula actividad. Se llamaban Trini y Luci, respectivamente. No todos tenemos la misma suerte, qué le vamos a hacer.

Descubrimos dos grandes tanques de tormenta en el camino, (aunque nosotros creíamos que eran charcas -había cuatro en toda la finca-, según nos dijo Ricardo) que sirven para beber agua los animales e incluso bañarse, si llega al caso. Los niños aprovechamos para lanzar piedras y ver cómo chapoteaban. Intentamos escalar la montaña, pero aquello se escurría demasiado, sobre todo el ío que traía zapatos de ciudad y no de monte… En fin, pasamos un buen rato hasta que sobre las cinco vino Ricardo para enseñarnos a los animales, especialmente las ovejas y sus crías; y a las cerdas y sus marranillos, pues los machos de ambas especies están apartados y separados en otros lugares alejados de la finca con el fin de que los nacimientos de las nuevas crías sean todas a la vez, a ser posible…
Había también un gato cojo de una de sus patas traseras, pero que era muy sociable y estaba deseando poder meterse en nuestro apartamento o en el de al lado como te descuidases. Luego, nos explicó Ricardo que otros residentes lo han apolijado (prohijado) y consentido y le permiten que se meta en los apartamentos, aunque él no se lo consiente… También nos explicó la historia de varios perros que están allí junto al lugar donde duermen las ovejas y los cerdos. Contándonos que uno de ellos no hace más que ladrar por todo y te pone la cabeza como un bombo.

Pudimos observar que había muchas madres con sus crías que se afanaban en mamar leche de sus ubres. Incluso observamos a dos ovejitas muy pequeñas que habían nacido esa mañana y tenían todavía restos del parto, tanto ellas como su madre. Quedamos admiramos de cómo el rebaño las defendía agrupándose alrededor de ellas cuando los niños nos saltamos la valla y nos acercamos a ellas. ¡Nos sorprendió la solidaridad tan grande que observamos en estos animales…! Aprovechamos para echarle comida en los comederos y observar el hambre que tenían tras la larga jornada.
Luego nos acordaríamos -por la noche-, con el frío polar que hacía, de esos pobres animales sin cama ni mantas con qué arroparse, el frío que pasarían, pero Ricardo nos explicó que eso no es así como nosotros lo pensamos con nuestra mente humana. Que ellos se juntan en su guarida y se dan calor, especialmente los cerdos que no tienen la lana de las ovejas o carneros, a los que, más adelante, se las esquilan para que el verano le sea más fresquito…
También vimos gallinas y gallos y cogimos -bueno, en realidad, lo hizo Ricardo- algún huevo que luego nos lo cenaríamos tan ricamente. Allí casi todo lo que comimos era de la propia finca. ¡Qué mejor producto ecológico y sano…!

Pronto se nos hizo de noche y quedamos en reunirnos en la cocina para elaborar entre los diez visitantes, siempre de la mano de Ricardo, los mantecados que luego en la mañana del domingo desayunaríamos y nos llevaríamos a casa para recordar el rico sabor de este finde extraordinario…

Así que hicimos tríos o parejas para la elaboración de los mantecados. A nosotros nos tocó hacerlos de chocolate. Ricardo fue dándonos los ingredientes a los dos grupos para que los pesásemos y trabajásemos hasta que con unos moldes fuimos sacando diversas figuras de mantecados que él metería en el horno y pondría a punto. Fue una actividad súper interesante que a los tres nos encantó. Incluso nos peleábamos para ser los principales protagonistas, por lo que mami o el ío tenían que poner orden para que todos interviniésemos en tiempo y forma y quedásemos contentos de nuestro trabajo comunitario. Y así lo hicimos. Ricardo se ve muy puesto en la materia del espacio y del sistema solar, puesto que ya cuando íbamos a preparar los mantecados empezó calentando motores explicándonos -en profundidad- ciertos temas del insondable espacio que mi amigo Igna, muy listo y amante del ese tema, le preguntó…

Antes de la cena nos salimos al oscuro exterior para observar las estrellas. Era el otro plato fuerte de la visita que estábamos realizando. Ricardo nos sorprendió sacando un telescopio de su propiedad con el que tuvimos la posibilidad de ver Saturno y sus anillos, aunque éstos eran solo una raya de color. Pero nos impactó a todos. Luego subimos a la azotea que hay delante de la casa y desde allí, con el rayo láser, Ricardo nos fue dando muchas y buenas explicaciones de las estrellas que veíamos en el firmamento: Venus, etc., de las constelaciones, de la Vía Láctea, etc. Al preguntarle por la Osa mayor y menor nos dijo que desde nuestra posición no las podíamos ver porque estaban justamente tras la montaña de enfrente que excursionamos tan ricamente nosotros por la tarde…
En fin, que todo estaba muy interesante pero los niños, en general, estábamos ya cansados y como, además, hacía un frío que pelaba, optamos por volver al cortijo para esperar la cena, que estaba para chuparse los dedos. La hicimos dentro, en el comedor, pues la noche y su frío y humedad se habían hecho los amos de todo el territorio exterior de la finca. Dentro de la casa había dos estufas de leña que daban mucho calor y juego a todos nosotros.
La sopa de fideos calentita nos supo a gloria. Incluso algunos repetimos. Los huevos fritos con patatas, todo de la tierra, nos encantaron. El pan nunca faltó para mojar la colorada yema del huevo ni tampoco el agua para calmar la sed. Los mayores podían pedir otra bebida. Mami y el ío tomaron como nosotros, agua pura y cristalina. El postre fue un sabroso yogur también casero con añadido de un chorreón de miel o azúcar líquida. Todos nos lo tomamos rápidamente, como si nos fuera en ello la vida.
De regreso al apartamento, pasamos un frío soberbial por el obscuro camino que pudimos recorrer gracias a la linterna de los móviles, pues de tarde en tarde se encendía alguna pequeña luz instalada en los árboles. Cuando llegamos al apartamento, a pesar de que se había encendido automáticamente la calefacción antes del anochecer, hacía un frío polar que pelaba y optamos por acostarnos los cinco vestidos, ya que no queríamos coger un resfriado de muerte. Así lo hicimos y el largo sueño fue reparador de manera que no nos resfriamos ninguno. Nos levantamos a la mañana siguiente con más hambre que la que habíamos tenido y apagado el día anterior. ¡El campo es que da unas hambres tan desesperadas…!


Bajamos a desayunar al comedor, que estaba calentito con la calefacción de palos, y tomamos tostadas de diferente tipo con acompañamiento diferenciado según el gusto de cada cual. El ío tomó tostadas con manteca colorada, con mantequilla y con mermelada de higo. «Todas, dijo él, estaban buenísimas». Nosotros, los niños, tomamos de mermelada y de mantequilla, de manteca colorada no. Mezclamos la leche con colacao. Nos supo a gloria. También había un plato de mantecados de todos los sabores y tamaños de los que habíamos hecho todos ayer. Nos encantaron. Luego repartieron una cajita para cada familia para que nos la llevásemos y los saboreásemos en nuestra casa de Sevilla. A nuestro amigo Igna le dimos la mitad y de los otros también guardamos para papá. Saúl le llevó a su maestra y ella quedó encantada por el detalle. También le llevó él a papá bellotas y nueces. “Es de ser bien nacido ser agradecidos”, nos dijo el ío…
Saúl había traído del cole la mascota de su clase, Pulpi, y un cuaderno donde iba a apuntar las cosas que hacíamos en el fin de semana
Aprovechamos un rato después del desayuno para irnos solos (Igna, Emma y yo) a explorar el terreno prohibido que no conocíamos tras las alambradas. Fue una aventura impresionante que nos unió más a los tres y nos hizo más grandes y valientes ante los otros dos niños, Thiago y Martín, que no fueron con nosotros. Fabulamos un rato y luego, cuando nos íbamos en el coche por el carril de salida, les dijimos a mami, el ío y Saúl hasta dónde habíamos llegado en nuestra exploración.
Y llegó la partida, por lo que hubimos de recoger todo, cargarlo en el coche y marcharnos a eso de las 11 de la mañana de nuevo para Sevilla, con un tiempo y un sol espléndidos. El viaje lo hicimos bien y tranquilos. Solo Saúl se alteró un poco cuando llevábamos medio trayecto, pero ahí estaba Igna para mostrar sus buenas artes de psicólogo para apaciguarlo y que se volviese a dormir.
Llegamos a nuestra querida Sevilla sobre la una. Nos fuimos directamente a dejar a mi amigo Igna en su casa y luego dejamos muestras maletas y equipaje en nuestra casa para marchar a casa de la ía que nos tenía preparado su bacalao dorado que le sale de miedo y que nosotros dos (Saúl y yo) tanto valoramos y ponderamos donde y cuando haya que hacerlo.


Por eso afirmo que ha sido una nueva experiencia viajera y aventurera más y le doy las gracias a mami y al ío de que la hayamos podido desarrollar y disfrutar, a pesar que ayer sábado antes de salir lo pusimos un poco difícil con nuestros encabezonamientos. ¡Bien está lo que bien acaba! A ver si aprendemos para la próxima…
¡Hasta siempre, amigos!
Pronto nos veremos en otra aventura viajera, pero esta vez en lugar de contarla yo, Abel, será nuevamente mi hermano Saúl quien lo haga para que así nos alternemos y salga más amena y apetitosa…
Un abrazo.
Sevilla, 27 de noviembre de 2025.
Fernando Sánchez Resa

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