Esta vez voy a ser yo, Saúl, el más pequeñín de la casa, aunque ya he cumplido seis años y voy siendo mayor (¡ya estoy, nada menos, que en primero de primaria!), ayudado y asesorado -como es lógico- por mi querido ío, el que relate este hermoso y fenomenal puente de la Virgen del Pilar que desde hace bastante tiempo -mi querida mamaíta- nos tenía preparado (¡ella siempre tan previsora y corchetera…!) para que disfrutásemos de lo lindo visitando otra ciudad diferente a Sevilla, en la que nacimos y vivimos tan ricamente: Jerez de la Frontera, cosmopolita ciudad gaditana de 200.000 habitantes que da mucho juego y diversión; y que está a una hora de la capital de Andalucía.
Esta vez ella lo programó con mucho tiempo y prefirió que el viaje lo realizásemos en tren que es el medio de transporte que más nos gusta a todos a la hora de viajar: por su seguridad, tranquilidad y posibilidad de levantarse o ir al baño, además de que, si queremos, podemos dibujar o hacer juegos de mesa, amén de dormirse o descansar, visionando el bonito y variado paisaje, cual si fuese una película virtual. Esta vez, como era tan corto el trayecto y no estábamos los cuatro en una misma mesa, aprovechamos para leer tan ricamente y admirar los paisajes, pues llevábamos unos cuantos libros para todas las edades que siempre nos sirven para hacer una “lectura por placer” muy chula y grata…

Tras el día de clase normal, en nuestro cole de Sevilla, y comer en Kindermundi, el ío nos recogió para ir a casa, coger las maletas e irnos a la estación ferroviaria de Santa Justa, pues a las 18,10 h teníamos que tomar el tren que venía de Jaén y moriría en Cádiz. Estaba a tope, casi no había sitio para sentarse. Además, nuestro tren acumulaba bastante retraso (una hora) y cuando pusieron el número de vía en la pantalla un mogollón de gente se agolpó para no perderlo. Nos instalamos en él y fuimos sentándonos tranquilamente, observando las distintas estaciones (San Bernardo, Dos Hermanas, Osuna, Lebrija…) en las que paramos para que saliesen o entrasen algunos pasajeros. La penúltima parada fue en el aeropuerto de Jerez. Exactamente a la hora de haber partido llegamos a la bonita estación ferroviaria de Jerez de la Frontera que, según dijo mami, era del siglo XIX, y que está junto a la estación de autobuses, como en Málaga. Luego nos fuimos andando en busca de nuestro piso de alquiler que mamá había reservado hacía bastante tiemplo y que se encontraba en el mismo centro de la ciudad, a unos veinte minutos andando, cerca del mercado municipal.
Lo que más nos impresionó -a mi hermano Abel y a mí- fue ver que el primer semáforo que nos encontramos tenía un detalle que no habíamos visto en ningún otro sitio: en la figura de los peatones, cuando se ponía verde para que pudiésemos pasar, se iba alternando una silueta masculina y otra femenina hasta que se le acababa el tiempo permitido. Ya no lo volveríamos a ver en el resto de la ciudad por donde pasásemos. Hicimos un bonito y pausado paseo por lo más cercano a nuestro albergue y, para finalizar, tomamos una opípara cena que nos estaba esperando en Tabanco “Las Banderillas”; y que repetiríamos a la noche siguiente de lo satisfechos que quedamos los cuatro.
Y llegó nuestra primera noche jerezana que la descansamos muy bien, viendo la tele que tanto nos gusta a los dos hermanos y acostándonos prontito, porque el día había sido duro e intenso, pero muy gratificante.

Amanecimos el día once, sábado, pletóricos de fuerzas físicas y mentales, especialmente los niños, dispuestos a comernos esta bella ciudad con los ojos y el resto de los sentidos. Desayunamos junto a la Plaza del Arenal, concretamente en la Pastelería los Reyes, donde tenía concertado el desayuno el apartamento en el que pernoctamos. Allí nos pusimos las botas pues sus pasteles, especialmente de chocolate, estaban riquísimos. ¡Quién se resistía a ellos! Incluso el ío y mamá también cayeron en la tentación…
Después nos fuimos caminando tranquilamente por sus amplias avenidas y calles, mientras el ío echaba muchas fotos para enviar a sus amigos e ilustrar este artículo. Algunas de aquellas estaban peatonalizadas y con mucho arbolado, mientras nosotros íbamos admirando sus monumentos y estatuas con el fin de llegar antes de las doce para asistir al bello espectáculo “Cómo bailan los caballos andaluces” en la Fundación Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre de Jerez de la Frontera (Cádiz). Allí pasamos todos un rato largo muy agradable visitando sus jardines y estancias con un maravilloso sol que todo lo doraba cual si fuese de oro y, sobre todo, el rectangular edificio donde las jacas y los caballos andaluces nos deleitaron al son de buena música con un espectáculo de cabriolas y entrecruzamientos dignos de resaltar, aplaudir (lo que hicimos a raudales) y que recordaremos siempre. Antes del espectáculo estuvimos viendo un vídeo que ya nos adelantaba lo que íbamos a presenciar y cómo estaban constituidos sus instalaciones, estancias y patios envueltos desde su histórica creación.



A la salida fuimos buscando el restaurante Albalá, que ya habíamos apalabrado, para hacer una exquisita comida, según indicaciones de la guía Michelín, que mamá bien había indagado.
Fue curiosa la anécdota protagonizada por mi hermano ya que pidió albóndigas, que se las pusieron de presa ibérica y con una salsa extraordinaria, pero que a la segunda dijo que no le gustaban, que prefería comer las que le hace su ía, que estaban mucho más ricas. ¡Paradojas de la vida! Cuando la ía se enteró se sintió lógicamente muy orgullosa, recompensada y halagada. Y es que la comida de las abuelitas, en general, ganan a las que hacen las mamás o papás y, por supuesto, a cualquier restaurante, aunque sea de cinco tenedores o de primera.

Después de comer, a las cuatro, hicimos una visita al Palacio Domecq, con audioguías, que nos gustó mucho, pues se veía una casa señorial en la que sus fundadores echaron todo su empeño; luego visitamos los Claustros de Santo Domingo que eran inmensos y grandiosos, echándonos muchas fotos en ellos y en su hermoso patio, y tuvimos la suerte de que estuviese abierta la Iglesia de Santo Domingo, debido a una boda por todo lo alto, con invitados de alto copete vestidos de gala. Después realizamos un callejeo largo y cansado por la Jerez profunda en busca del Museo Arqueológico. Fuimos encontrándonos la ciudad antigua, a veces deteriorada, con grandes casonas y palacios en ruinas o en venta, con multitud de plazas y espacios abiertos, recodos y casas, algunas en obras o patentemente deterioradas, esperando pacientemente un comprador o mecenas dadivoso que las devuelva a la vida, por fuera al menos.




El olor a vino y vinagre impregnaba muchas de las callejas, lo que indicaba que por allí cerca se encontraba una de las muchas bodegas que pueblan Jerez de la Frontera, cuyo vinagre es famoso en el mundo entero, así como sus vinos finos, añejos y especiales, como acompañantes eternos de comidas o tentempiés…

Llegamos al fin al Museo Arqueológico pero, ¡qué mala suerte!, estaba cerrado y tuvimos que seguir el largo y sorprendente callejeo por la Jerez más desconocida para cualquier visitante o turista, no así para el autóctono al que le guste patear y descubrir su ciudad de cabo a rabo.
Seguidamente arribamos a una inmensa plaza en donde admiramos (por fuera) el Centro de Lola Flores, la jerezana universal que dio a España y a su ciudad su destacada valía andaluza; y nos hicimos una idea de cómo va a quedar el futuro Museo del Flamenco de Andalucía que está en construcción -a su vera- por parte de la Consejería de Cultura andaluza.


Habremos de recordar siempre que tanto mi hermano como yo, de principio, nos oponíamos a todo lo que no fuese irnos al apartamento a ver la tele o jugar, pero luego, también, hay que reconocer que cuando veíamos esas maravillas arquitectónicas o constructivas reconocíamos que nos lo habíamos pasado bien y que nos habían gustado mucho.
Finalmente, cuando llegó la noche, cenamos opíparamente y de nuevo en el Tabanco “Las Banderillas”, que también esa noche estaba a tope, como todas las que hemos permanecido en Jerez. Destacando entre otras: gambas al ajillo, setas rebozadas, jamón ibérico, etc. Las bombas de nutella de postre me encantaron y a Abel también… Luego, le tocó al ío llevarme a cuestas hasta el apartamento (como la noche anterior) porque mi cansancio era mucho mayor que el suyo, aunque pareciese lo contrario… Nos fuimos tempranito a la cama, como le encanta a mami, después de ver un rato la tele y jugar o leer algo.
Siempre me acordaré de la sorpresa que le di al ío y a mamá cuando dije que me sabía las claves del portal y de la puerta del apartamento, pues no se lo esperaban. Por lo que hubimos de alternarnos, en esa labor diaria, por turnos, mi hermano y yo; ya que a ambos nos gustaba ese juego misterioso de abrir puertas sin llave física, como suelen usar los mayores en casa. ¡Qué divertido era siempre el momento de llegar a casa, aunque las disputas entre nosotros dos eran continuadas y habíamos de coger al juez de paz (mamá o el ío) para llevar un riguroso turno cual si en ello nos fuese la vida…!
La levantada del domingo, doce de octubre, fue a las ocho en punto. Los mayores ni siquiera tuvieron que avisarnos a los niños. Todos a una como Fuenteovejuna. ¡Qué diferencia es estar de vacaciones a ser día de clase! A las nueve estábamos desayunando donde siempre, cargándolo de suplementos dulces. Después fuimos


caminando tranquilamente para visitar el Museo de Belenes que está ubicado en una antigua bodega que iba a ser derruida, mientras deambulábamos por sus limpias calles, no obstante, percibiendo las heridas arqueológicas que el tiempo ha ido provocando en su callejero, en donde las bodegas tienen tanta preponderancia y olor, yo diría que casi sabor, y otras remembranzas, pues en sus callejones, calles o plazuelas se aspira el olor avinagrado de este producto de los dioses que se exprime de la vid y en la que los jerezanos son maestros desde hace mucho tiempo… Pasamos un rato muy agradable visionando un vídeo, con diferentes villancicos e iluminaciones del Belén gigante que tenían armado en su parte baja y central, así como fotografiando y grabando casi todos los belenes o escenas de navidad restantes; mi hermano, mamá, el ío y yo no paramos de fotografiar o grabar tan bonitos nacimientos, que nos encantaron de veras, pues íbamos sorprendiéndonos cuanto más nos adentrábamos en las distintas salas del museo. La verdad es que recomiendo su detenida visita a todos ustedes, amigos lectores. Si pasan por Jerez, no dejen de hacerle una tranquila y pausada visita. ¡Se alegrarán…!


Luego, tras el paseo obligado con nosotros (los niños), visitamos el Palacio Museo del Virrey Laserna. La primera anécdota que protagonizamos fue la siguiente. El guía y séptimo descendiente del fundador de esta casa nos preguntó de dónde éramos y mamá le contestó a bote pronto que de Úbeda, pero a renglón seguido mi hermano Abel le dijo que nosotros dos éramos de Sevilla, y a mucha honra. ¡Cómo nos tira la tierra de nacimiento a cada uno de nosotros! A mamá, su Úbeda. A nosotros, nuestra Sevilla de las entretelas…




Después hicimos una visita completa y bien aprovechada al Alcázar de Jerez, con muchas fotos hechas por un servidor, su hermano y el ío, pues no dejamos estancia o patio sin fotografiar para que en el futuro siempre lo recordemos. Sus hermosas vistas aéreas de la ciudad y su extenso y accidentado solar nos mostraron sus huellas pétreas e históricas más señeras cual visitantes interesados y en donde el agua era su principal protagonista.
Tranquilamente nos fuimos a comer al restaurante La Carbonara, otro lugar espléndido y acogedor que la guía Michelín nos proporcionó, una vez más, ubicado en una antigua bodega, cuya restauración ha quedado magnífica, resaltando sus lámparas de esparto como muestra de lo que las manos de nuestros antepasados sabían hacer a diario. Mi bisabuelito Fernando bien que lo sabía trabajar. Yo ya no, ni ninguno de sus descendientes.


Nada más comer nos dirigimos a la grandiosa Catedral para visitarla y empaparnos de su historia, arquitectura, salas e imágenes. Lo hicimos cada uno con su propia audioguía y degustando cada parada pulsando el número correspondiente, aunque algunas salas descubrimos que estaban obsoletas pues les habían cambiado el mobiliario o el uso que le habían dado cuando hicieron la guía turística hablada original.




Después llegamos al ansiado descanso en casa con los niños siempre fuertes y peleantes, deseando de volver para ver la televisión y/o jugar al móvil. Mami consultó los cinco restaurantes sugeridos en internet como mejores en Jerez de la Frontera para poder degustarlos, de los que solo uno de ellos estaba cerrado permanentemente. Por eso nos dirigimos, a las ocho y media, a ATUVERA, que se encuentra junto a la estatua de Lola Flores bailando con su pose característica. Este bar fue recogido como uno de los cinco mejores al consultarlo en internet. Por cierto, es el que más nos gustó a los niños, a pesar de que estaba más oscuro y en medio de la calzada, pero sus comidas nos encantaron. Las hamburguesas que nos pusieron -a Abel y a mí- estaban para chuparse los dedos…


Y llegó nuestro último día de vacaciones del Pilar: el lunes, trece de octubre. La levantada fue a la hora de siempre, luego llegó la preparación de maletas y equipaje de vuelta, ir a desayunar al sitio de siempre y complementarlo -como despedida de esta bonita e interesante tierra andaluza y gaditana que tanto carácter impone-; y como la salida del tren era a las once y veinticinco, volvimos pronto para recoger el equipaje y dejar el apartamento antes de la hora fijada (las 11 de la mañana).

El tren llegó puntualmente pues hacía poco que había salido de Cádiz con destino final en Jaén. Hicimos un viaje rápido, cómodo y sin contratiempos, estando los niños sentados y tranquilos para llegar a Santa Justa a las doce y media, aproximadamente. Nosotros estábamos deseando llegar a casa de la ía Margarita para comer esas albóndigas de carne tan exquisitas que hace que superen en nuestro imaginario a las de Albalá que estaban hechas nada menos que de presa ibérica, pero todos sabemos que como el sabor de las comidas de la abuelita no hay nada en el mundo ni nadie puede competir con ellas. Que nos lo digan a nosotros, sus nietos, y a otros muchos que circulan y viajan por el mundo… ¡Nuestra chef abuela es la mejor y tiene cinco estrellas Michelín…!
Volvimos a casa a pie pues el follón de taxis y usuarios era impresionante. Notamos que hacía más calor que en Jerez. Y es que la caló se ha aliado de mala manera con Sevilla, que los que vivimos aquí llega un momento en que ya estamos hartos de que siempre haga más calor que antaño y que el verano dure desde marzo a noviembre o diciembre y el invierno, suave y escaso, casi primavera u otoño, sea tan cortitos también… Hay quien dice que en Sevilla tenemos una nueva estación que es veroño (pues ni es verano ni otoño). Ustedes ya me entienden…
Hasta la próxima excursión, queridos lectores.
¡Que ustedes lo paséis bien…!
Un abrazo.
Úbeda, 15 de noviembre de 2025.
Fernando Sánchez Resa

Comentarios
Publicar un comentario