Vicisitudes de la vejez, 45

Hoy, a mi avanzada edad y no sé si lúcida (ustedes juzgarán), quiero hablar de temas muy actuales, dando mi punto de vista (siempre bien aconsejada y mejor documentada por mis listísimas nietas), aunque para algunas personas pueda ser inapropiado o no acertado; pero a mí siempre me ha gustado ser sincera, franca e ir de frente y no dorarle la píldora a nadie. Soy así, qué le vamos a hacer. Así me parieron y así moriré…


En nuestra sociedad occidental actual se lleva mucho hablar del machismo tan arraigado durante demasiados siglos en contraposición del feminismo rampante que ahora nos quieren imponer para que el péndulo del reloj de la vida se mueva de uno a otro lado. Yo creo (como Aristóteles) que en el término medio está la virtud, en este tema y en otros muchos. Los extremos se tocan y producen desazón e injusticias a raudales en ambos bandos de la sociedad que deberían estar hermanados: mujeres y hombres.


Sabemos y reconocemos que las mujeres llevamos, por desgracia, mucho pasado con el machismo exacerbado y soterrado de algunos hombres (no todos, por supuesto) y que paradójicamente muchas féminas suelen padecer, consentir y/o hasta enseñar directa o indirectamente con sus comportamientos o actitudes. Mas veo ahora a mis nietos o biznietos más que cohibidos y envarados en el trato abierto y sincero con las muchachas de su entorno y edad, pues temen que por cualquier cosa sean malinterpretados, denunciados y que les caiga una multa o cárcel sin saber por dónde les ha venido. ¡Está el patio con la marea muy subida…!

 
Por supuesto, que no hay derecho a abusar, violar o matar a ninguna mujer bajo ninguna circunstancia, pero tampoco es de recibo a que la palabra de ella sea la última y resolutoria para analizar y juzgar una relación de pareja sin tener en cuenta al otro. Al fin y al cabo es una reflexión que me hago sobre el “hombre amenazado” de nuestra sociedad actual. Sabemos todos que el equilibrio de poder entre ambos sexos es muy frágil y difícil de conseguir en su totalidad, pero debemos intentarlo para que cada generación goce o alcance ese hipotética y necesaria estabilidad.


Sin embargo, en el tema del patriarcado, creo que estamos equivocados en nuestra sociedad, pues desde las generaciones que yo he conocido: las de mis bisabuelos, abuelos, padres, la mía propia, la de mis hijas y nietas, sigo palpando que nos encontramos en un matriarcado (y no en un patriarcado, como se podía pensar), pues es la mujer (salvo excepciones) la que dirige el cotarro del predio familiar con su sabiduría de antaño y hogaño, con su mano izquierda, con su amor profundo a la unión sabiendo llevar la nave de la familia por mares procelosos para arribarla a buen puerto. Ahora mismo me estoy acordando de la historieta, tan ilustrativa, que contaba mi suegro. La resumo para que ustedes juzguen y me den la razón de lo que estoy defendiendo, si la llevo…


Había una vez un pueblo en el querían hacer una encuesta y saber quién mandaba en cada hogar, si el hombre o la mujer; por lo que iban pasando casa por casa para comprobar quién llevaba la vara de mando en cada familia. Por eso regalarían un caballo o una vaca, según fuese el varón o la hembra el/la que mandase.


Llevaban ya visitadas muchas casas en ese pueblo y en todas habían regalado una vaca porque era siempre la mujer la que mandaba, pero, mira por donde, llegaron cerca de un hogar en el que solo se oían voces altisonantes del hombre, por lo que se dijeron «seguro que aquí tendremos que dar un caballo, por fin». Efectivamente al entrar, en un rincón, la pobre esposa estaba arrebujada en su toquilla invernal y apartada en un rincón, juntamente con sus dos hijos arrebujados, medio temblando, para que su marido, a voz en grito, fuese el que hablase y recibiese a los que llegaban.

 
Los recién venidos penetraron en la casa con la seguridad de que iban a regalar un caballo. Cuando -sin dudarlo- dijo el que mandaba a su empleado «tráete un caballo», y en cuanto entró a la casa con un caballo blanco precioso, la esposa exclamó, eso sí, con mucho miedo y casi susurrando, pues la voz casi ni le salía del cuerpo: «Mira, Juan, ¿no te parece que tenían que traerte otro caballo que no fuera blanco porque con tu oficio de carbonero se te ensuciará demasiado? Su contestación no se hizo esperar: «¡Llevas razón, mujer…!». Entonces el visitante no tuvo más remedio que decirle a su empleado: «Muchacho, tráete otra vaca para esta casa…».
¡Se habían equivocado de pleno!


Sevilla, 5 de octubre de 2025.

Fernando Sánchez Resa

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