La palabra abuelo tiene seis significados, según el diccionario de la RAE. En este artículo voy a referirme a su primera acepción: padre o madre de uno de los padres de una persona, aunque muchas veces vaya unida a la segunda, en plan coloquial o afectivo: persona anciana.Por supuesto que me refiero a los abuelos del primer mundo en el que vivo y me desenvuelvo, especialmente a la España actual en la que habito. Los abuelos del tercer mundo, por lo que leo en libros y revistas misioneras, así como visiono en películas, vídeos o documentales, casi no tienen nada que ver con lo que me voy a referir en este artículo, pues muchas veces ejercen de padres de sus nietos ante la falta ellos por diversas circunstancias: pobreza, enfermedades, guerras, sequías, calamidades, dictaduras…; aunque coincidencias haylas, como seres humanos que somos todos.
Pretendo describir casi todos los tipos de abuelos que estamos actualmente en nuestra piel de toro (alguno siempre se me escapará, ustedes perdonen).
Están los que no tienen nietos (que van siendo muchos, cada día más), pues hay demasiadas complicaciones en este mundo moderno: búsqueda de trabajo, horarios laborales disparatados, diáspora de la familia nuclear por estudios o búsqueda de empleo, deslocalizaciones geográficas, desmembramiento intencionado de los poderes fácticos de la familia nuclear, etc., que hacen paradójicamente heroica la paternidad y la maternidad; y más si no se encuentra apoyada por la generación anterior (ya que el Estado más bien se desentiende o no pone los medios adecuados para que fructifique), tanto en el aspecto económico como en el educativo y de cuidado continuo, ya que por comodidad y egoísmo bastantes componentes de las nuevas generaciones en edad de procreación prefieren tener una vida menos complicada y más lúdica, viajera, gratificante… cambiándolo por una mascota (o más). Total, si vivir son dos días, por eso viven en pareja o soledad sin complicaciones de nacimientos y crianzas de hipotéticos hijos que vendrían a enredar su existencia. Los hay que se quedan en su casa paterna (o materna) de por vida (pues las separaciones están a la orden del día), caiga quien caiga; o están los hijos que vuelven tras el fracasado matrimonio o emparejamiento -con o sin hijos- dificultando y complicando la vida a los abuelos, jubilados o no.
Están también los abuelos que se mudan a otra ciudad o país, tratando de ayudar a sus hijos y nietos a tiempo total; también los que viajan periódica y/o puntualmente para reforzar la guardia y custodia de sus nietos porque el comienzo de curso, las vacaciones, las enfermedades de cualquiera de sus miembros precisan esa medida, etc. etc.
Y el refuerzo positivo que reciben suele ser inmenso (salvo honrosas excepciones), sin olvidar lo negativo que también conlleva: ir consumiendo su vida en pro de la familia, agotando sus últimos años en pos de su progenie y descendientes, a la espera de servir de mucho para que sus nuevas generaciones despunten y la vida les sea más amable y grata. Es en definitiva, la materialización del instinto de que la especie humana no se extinga.
Y qué decir de cómo se encuentran los abuelos cuando el tráfago diario de los nietos desaparece momentáneamente o de un plumazo, por diversas circunstancias. Sin ellos, los abuelos no pueden vivir, pero es que con ellos, como su salud y fortaleza van disminuyendo, les cuesta afrontar todos los retos diarios que la vida actual les tiene preparados, ya que todas las generaciones: la de los nietos, las de los padres, la de los abuelos… están interrelacionadas y son codependientes unas de otras.
Es la bien llamada “abuelidad responsable” que más que competir se complementa en extensión, eficacia y fortaleza, con la paternidad responsable en cada caso.
Mi generación precisamente, la que ahora somos abuelos, viene de un tiempo en que muchos de nosotros nos criamos en la misma casa familiar de los abuelos (maternos, en mi caso), por lo que los teníamos como a nuestros segundos padres, siempre más benevolentes y consentidores, como era lógico, pero que también contribuyeron a modelar nuestro carácter y formas de ser, sintiéndonos siempre agradecidos por la mucha ayuda recibida: material, espiritual, educativa, ejemplarizante, etc.
Suponemos que una vez que ellos nos pasaron el testigo y el ejemplo, nosotros (los abuelos de hoy) estaremos haciendo el papel o rol social y familiar que nos corresponde, esperando contribuir lo mejor que sabemos o podemos; si nos dejan en la educación y el sostenimiento de nuestros nietos, que son la sal y la pimienta de nuestro vivir cotidiano, y que sin ellos no sabríamos ya vivir, puesto que tenemos la suerte de revivir la infancia varias veces: la nuestra, la de nuestros hijos, la de nuestros nietos. ¡Dios nos guíe por el camino correcto!
Hay, no obstante, abuelos, que huyen de ese rol de apoyo económico y físico-psíquico que he descrito anteriormente y prefieren la tranquilidad de su hogar y/o el viaje continuado del Imserso para ganar ilusoriamente más placer terrenal antes de que las enfermedades, los achaques y el deterioro físico o mental los atenacen y postren en una cama el resto de sus vidas; o la muerte se los lleve en volandas. No es fácil elegir, entre el sí y el no ejercer un tipo u otro de abuelidad, sino que hay muchas variantes y variables que condicionan la vida del abuelo actual y que, por mucho que quiera, no puede disponer de su vida a su libre albedrío como él quisiese. Los nietos pueden y deben ser un tonificante y/o paliativo para la soledad, pues con su alegría renovada, sus ganas de vivir y descubrirlo todo… el abuelo queda catapultado a ser ejemplo a seguir de sus descendientes; si es que merece la pena dejar una buena estela en el complicado y gratificante camino de la vida que le ha tocado…
¡Qué haría nuestra sociedad española sin la imprescindible y valiosa ayuda de los abuelos…! Y el Estado, ¿qué estaría dispuesto a hacer para ayudarles eficientemente…?
Sevilla, 4 de octubre de 2025.
Fernando Sánchez Resa
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