Ahora voy a escribir un batiburrillo de anécdotas infantiles de mi propia vida que tienen gracia o salpichirri, a mi corto entender, juntamente con cosas y eventos que me ocurren o sufro a diario, (o que me cuentan mis familiares y amigas), pues así, recordándolas, me siento más viva e ilusionada, imprimiéndole vitalidad y energía a mi existencia para seguir afrontando la vida, que a la vejez siempre es más dura; no obstante, con un gran dejo de nostalgia recordando mi pasado. Todos sabemos que en el viejo va pesando mucho más el pasado que el presente y, por supuesto, que el escaso futuro que le queda por consumar; al revés que mis biznietos y los niños y zangalitrones actuales que tienen poco pasado y mucho presente y futuro por delante, como Dios manda, aunque el mundo esté actualmente muy complicado, a mi parecer.Comenzaré comentando lo que me cuentan mis nietas, pues yo de estos temas nada entiendo. El latrocinio que tienen en internet que, sin darte de alta directamente en nada, te dan por suscrito a su página web o lo que sea con solo consultarla y te van cobrando semanalmente lo que quieren. Y te enteras cuando te cobran el recibo mensual del móvil. Como no estés al tanto, te funden. ¡Vaya manera de engañarte…!Otro tema sangrante son las eternas y abundantes obras que tenemos y padecemos en Sevilla, especialmente en nuestra calle, que está toda levantada, y que a no ser que vengan los políticos que mandan en España o en el extranjero (como ya lo hicieron), los vecinos tenemos que aguantar y padecer sobre manera. Espero que no tenga que llegar la Semana Santa (que es intocable en Sevilla y en otros muchos pueblos andaluces) para que terminen de arreglarla decentemente.
También me preocupa el tema de las odiosas y permanentes guerras que hasta me quita el sueño. Siempre son un horror, tanto las cercanas (Ucrania, Gaza…) como las lejanas (Sudán, Sudamérica…); todas injustas y que hieren al corazón humano más sensible, ya que pagan siempre los más inocentes: niños, ancianos, mujeres, etc. Los humanos no sabemos vivir en paz, pues la injusticia brilla por su presencia en muchos lugares de la Tierra. ¿Cuándo podrá tener la humanidad la conciencia tranquila mientras haya paz y justicia en todos sus rincones? ¿Cuándo? Lloro como un niño pequeño ante la pérdida o usencia de su madre, pues no le veo buen fin a este planeta en el que habitamos sin que los políticos y la población civil puedan y quieran resolverlas, siempre con excusas y por intereses económicos espúreos. ¿Cómo los judíos habiendo padecido un holocausto tan dañino y bestial con los nazis, en la segunda guerra mundial, sean ahora ellos los que lo practiquen con los palestinos de Gaza azuzados por Hamás? Lo mismo pasa en África, América o Asia… ¡Un horror impresentable…!
En casa de mi abuelo materno (que era carpintero y muy serio y que tenía un bigote grande que aún le daba más porte de severidad), era de obligado cumplimiento las normas de la casa. Una de ellas era que durante la comida no se podía hablar. Llegó un día en el que yo había discutido con mi tía Juanita, (no llegaría yo a tener ni ocho años), cuando le dije: «¡Te vas a enterar…!». Y entonces, a la hora del almuerzo, cuando todos estaban más callados y serios, mientras yo estaba invitada ese día, como sabía que la tía Juanita se había puesto novia con uno que trabajaba en una imprenta de Úbeda (y ya que lo de ponerse novia no se podía decir abiertamente, pues era una cosa muy seria y oculta), cuando había más silencio en la comida salté diciendo claramente para que lo oyeran todos los presentes: «Abuelito, ¡sabes una cosa?». El abuelo, bien serio, me contestó: «¿Qué?». Y yo le conté de un tirón que la tía Juanita estaba novia con un “imprentador”, a la vez que la miraba torciendo el gesto como diciéndole: «Te vas a enterar el regaño que te van a echar». El abuelo hizo un amago de sonreír pero siguió comiendo y a la tía Juanita se le iba un color y se le venía otro; y ahora pienso que todos sabían que estaba novia; pero ahí quedó eso…
Yo siempre he sido muy bragada, desde bien pequeña, pues me atrevía con todo lo que se me presentaba. Por eso, me gustaba coger las avispas y, cosa curiosa, nunca me picaron, por algo sería… Como siempre me gustaba experimentar con todo también cogía las babosas creyendo -por entonces- que eran caracoles que se habían salido de su casita o concha, y yo me decía: «Pobreticos caracoles que se han salido de sus casas». Por eso intentaba meterlas manualmente para que estuviesen tranquilas y felices, pero a veces se me reventaban en mis manos y no lo conseguía. ¡Encima que quería hacerles un bien…! No sé si Elena Fortún pensaba en mí cuando escribió Celia. Mis nietas así me lo comentaban cuando veían esa serie en televisión española.
Mis abuelos paternos tenían unas cabras y yo jugaba con ellas dándoles topes en su frente y no pasaba nada, hasta que un día hice lo mismo al macho cabrío y entonces sí que me envistió y hasta me levantó por la falda. Pasé un susto de muerte, aprendí esa lección, pero seguí explorando y experimentando otras… “Quien busca la ocasión, en ella perece”, dice un dicho popular.
Tres de mis abuelos murieron cuando yo tenía unos ocho años. Cuando mi abuelo materno Federico falleció forraron toda la habitación de negro para velarlo. A mí siempre me gustaba ver a los muertos, pues no les tenía miedo, pero en esta ocasión y como él era tan serio, con los bigotes alargados, no tuve valor de entrar a la habitación para despedirme de él y me apalanqué en la puerta. No hubo nadie que me pudiese mover de allí…
A ese mismo abuelo, a la hora de desayunar, le gustaba mucho comer picatostes hermosos, pero mira por dónde mi madre, como hija mayor que era, algunos días los hacía ella y como le gustaban finillos, así los presentaba. Cuando se los llevaba a su padre, siempre él decía lo mismo: «¡Vaya, hoy los picatostes los ha hecho mi hija mayor, hoy vamos a comulgar…!» Y ella, para sus adentros (por aquello del respeto filial que entonces era sacrosanto y de obligado cumplimiento) se decía: «Pues si a mí me gustan así». “A gusto del cocinero, comen los frailes”…
Sevilla, 7 de septiembre de 2025.
Fernando Sánchez Resa
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