Vicisitudes de la vejez, 43

Voy a comenzar este capítulo contando algunas anécdotas familiares o personales, a mi parecer interesantes o curiosas, para después entrar en temas más grandilocuentes y sesudos, pero muy actuales, siempre asesorada magníficamente por mis amadas nietas. ¡Son tan listas y saben tanto! Son las que realmente me mantienen conectada a la vida cotidiana, a las que agradezco siempre su amor y labor impagables, pues me tienen al día de cómo va el loco y desquiciado mundo en el que vivimos y así no estoy tan aislada como la mayoría de las personas de mi edad que desenganchan en un determinado momento del entorno que les rodea y se dicen «hasta aquí he llegado; no tengo más ganas de aprender ni saber nada del ruido infernal que hay ahí afuera».


Tenía yo un primo veterinario, ya fallecido, que era muy gracioso desde pequeño. Lo demuestra el que estando vistiéndolo o bañándolo su madre -no recuerdo exactamente qué-, al verse en el espejo el ombligo por primera vez, dijo «adiós, madre (entonces no se llevaba eso de decir mamá, sonaba muy cándido y cursi), ¡que pedrá me ha dado un chiquillo aquí…!».
Mi tío Federico era un cachondo mental y siempre estaba de broma. Dos botones de muestra. Uno. Hubo en Úbeda un eclipse solar y como en mi familia tenían la costumbre de juntarse todos los primos para todo (aunque él era su tío, pero tenía la misma edad de los sobrinos), lo hicieron en la cámara (zona alta de las casas que pegaba a la techumbre) para observarlo mejor y ver el sol oscurecido. Pues el gachón lo que hizo fue coger un cristal que parecía ahumado y le iba dando a cada uno de sus sobrinos en la cara con tal de que vieran el sol a su través, para no hacerse daño en la vista, como siempre han dicho; mas no era cristal oscurecido sino que estaba tiznado de carbón, con intención de guasa, por lo que todos terminaron con las caras pintadas como si fuesen indios del medio oeste o carboneros de nuestra ciudad que vendía cisquín al por menor o detal. Dos, en el mes de mayo, entonces se le llamaba Mes de María o de las flores, él se dedicaba a predicar cual si fuese un cura, mientras cantaba a su vez mi tía Sonia, que era hermana de mi madre, muy mal, por cierto, pues tenía un oído enfrente del otro…


Recuerdo cuando veíamos por turnos, mi marido y yo, las dos televisiones que tuvimos en un tiempo, cuando compramos la de color. La de blanco y negro la pusimos en el salón, mientras que la de color la colocamos en la salita que era donde hacíamos la vida diaria normalmente; pues, bien, nos íbamos todos los días a verla al salón un buen rato, aunque tuviéramos la de color, con tal de que no se estropeara, como harían dos chiquillos, hasta que -con el tiempo- razonamos (o nos hicieron razonar, porque los viejos ya sabes, amigo lector, qué cabezolones nos ponemos) y nos dimos cuenta de que era mejor verlo todo en color, como la vida misma.
Lleva razón el filósofo y sociólogo alemán George Simmel cuando dice que solo mediante lo que ocultamos a unos y revelamos a otros, en forma de secreto, alcanzamos a estrechar y romper lazos sociales. Por eso, hacemos partícipes de nuestras debilidades cuando abrimos o compartimos nuestra intimidad con unos y no con otros…
No obstante, la mentira se ha instalado en el centro de nuestra vida, cuya muestra más señera y destacada son los políticos, aunque está en todos los ámbitos de la vida. Antes se enseñaba en la escuela que siempre había que decir la verdad, pero ahora la sociedad actual ha cambiado el chic y te dice que mientas para salvarte y con esos mimbres estamos educando a nuestros hijos y nietos.


Me cuentan mis nietas lo difícil que está la educación hoy en día en España, tanto en la casa como en las escuelas e institutos. Al ir rebajando niveles académicos en todas las etapas hay gente que llega a la universidad y casi no sabe leer ni escribir. ¡Cómo lo están enrevesando todo! Cada día lo tienen más difícil los progenitores para educar en casa, no como se hacía en mi época. Había unas normas claras y siguiéndolas los hijos salían educados y dispuestos a ganarse el mundo con su trabajo. Hoy, no es así. Padres, madres, maestros, tíos, abuelos… tienen una tarea ímproba pues parece ser que deben ser expertos en todo: psicología, pedagogía, informática, ludoterapia… Están más que asustados con tal de no crear traumas en la infancia que de mayores se complicaría. Por lo que me cuentan ellas, en demasiados institutos, en nuestro país, está muy complicada la convivencia y la docencia, pues el profesor más que enseñar va de policía para que los alumnos se callen, se sienten, se respeten o atiendan al menos sus explicaciones. Sabemos que hay un buen sector de la juventud que es sano y que está mejor preparado que nunca pero, por desgracia, cada vez hay más alumnos que no les interesa lo que allí se enseña y tiran por la calle de en medio…


Torre del Mar, 16 de agosto de 2025.
Fernando Sánchez Resa

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