Turismo de interior

Como mi hermano Saúl me ha transmitido el hermoso testigo de narrador, ya que contó sus impresiones cuando veraneamos en Torre del Mar en la segunda quincena de julio, ahora voy a ser yo quien deje constancia de lo bien que nos lo hemos pasado todos, especialmente nosotros (Saúl y yo, Abel) en esta segunda quincena de agosto, en la ciudad natal de mamá y los íos (abuelos maternos): Úbeda. Por eso, voy a relatar mis peripecias e impresiones -y las de mi hermano y familia- de una forma deslavazada (sé su significado, porque como soy muy preguntón el ío bien que me lo ha explicado), conforme vayan viniendo a mi mente infantil los buenos recuerdos, con la perspectiva y matiz propios de la edad que tengo: 9 años.

Vaya por delante que Úbeda me encanta por todo, desde que la conocí siendo bien pequeño, gustándome cada año más (como dice mi ío, igualico que lo que pone en la medalla del amor: «Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana»); por eso cuando mi madre dijo, durante este pasado curso escolar, que este año veranearíamos en ella, me puse sumamente contento (y, por supuesto, Saúl), pues me vinieron a la memoria otros estíos anteriores en los que me los pasé chachi piruli.

Mamá, con su sabiduría e inteligencia natural, siempre pensando en nosotros dos, sus queridísimos hijos, nos programó una larga lista de actividades lúdicas, turísticas y de todo tipo para que la estancia en Úbeda fuese de lo más provechosa y agradable, con el fin de que nunca nos encontrásemos aburridos que es la primera palabra que aflora y expresamos cuando no sabemos qué hacer y nada nos apetece. Como la lista era larga, sobraron actividades que podremos realizar (espero) en próximos veraneos o visitas ubetenses.

El día que llegamos de Huéneja fue el domingo por la tarde (17) y ya hacía un calor de narices. Mamá y los íos, que lo hicieron el día anterior, nos dijeron que habían pasado una dura noche toledana que no se la saltaba un galgo y más para los abuelitos, que venían de la costa, donde se está mucho más fresquito, como relató Saúl en Otro verano azul (https://recreo.es/2025/08/12/otro-verano-azul/).

Lo primero que hicimos el lunes fue ir a comer churros con chocolate, que tanto nos gustan a todos. ¡Faltaría más…! Y que hemos repetido varias mañanas con gran regocijo de todos, hasta del tito Antonio, que nos ha acompañado un par de veces. Por mi gusto hubiésemos ido todas las mañanas a tomarnos ese opíparo desayuno ubetense, pero comprendo que mamá lo viese excesivo…

Un par de días hemos ido al campo del tito Antonio, hermano del ío. Uno fue a la Alameda y otro un poco más arriba del Arroyo de la Dehesa. Ambos nos han encantado tanto a mi hermano como a mí. Nos lo hemos pasado fenomenal cogiendo almendras, higos de dos clases (negros y blancos), uvas y granadas; y aspirando ese fresco que hace en el campo por la mañana, aunque la segunda visita ya iba apretando el calor, ya que llegamos un poco tarde, pues los niños nos levantamos no tan temprano como los demás días. ¡Qué contentos volvimos con la gran cosecha efectuada! Siempre nos acordaremos de cada momento de esta particular y doble excursión que no tenemos la ocasión de hacer normalmente en nuestra querida Sevilla.

Otras dos mañanas las usamos para montarnos en sendos trenecitos que hay en la plaza del Paseo Bajo. El primer día lo hicimos en el pequeño de Atlante Turismo, que es eléctrico. La muchacha que nos lo explicó lo hizo fenomenalmente, según me dijeron después mi madre y el ío, ya que ellos entienden bastante de este tema al ser de Úbeda y gustarles mucho su historia. Luego, en los variados paseos que hemos hecho a pie por la ciudad, el ío (sobre todo) y mamá, nos han ido explicando concienzudamente dónde han vivido, en distintos domicilios (casas o pisos); los dos locales en los que tuvieron una tienda de comestibles y ultramarinos de barrio durante 18 años mis bisabuelos Manuela y Fernando (lo que ha dado y dará mucho carrete para hablar largo y tendido del asunto en el futuro); a la vez que muchas anécdotas de ellos y mis antepasados por rama materna, etc. Es tanto lo que nos han contado que se podría hacer un hermoso y sugerente libro. Con palabras textuales de mi ío: «Paseando por Úbeda se me agolpan los recuerdos como nubes que se densan en el cielo…». Suena muy poético, pero lo creo firmemente.

Otro día cogimos el trenecito largo de Artificis y lo pasamos también muy divertido con las explicaciones de su femenina guía y las extraordinarias vistas que nos ofreció tanto por la Redonda de Miradores como por el interior del casco histórico. Siempre que volvemos a Úbeda o ya estamos en ella, la ruta por la Redonda de Miradores es nuestra preferida y la degustamos en coche, especialmente, como si fuese un rollito de nata de Lope, como dice mi ío

Otra tarde fuimos a la Sinagoga del Agua y quedamos encantados, pues la guapa señorita que nos lo explicó (que se llama Laura, bien lo recuerdo) lo hizo maravillosamente bien, permitiéndonos incluso echar cuantas fotos quisimos (sin flash, por supuesto) para que mi ío las pudiera mandar a sus muchas y buenas amistades por WhatsApp para que queden enteradas de la joya que tenemos aquí, en Úbeda. Nosotros dos bien que ayudamos al ío en esa labor de fotografiarlo todo…

Y mira que mi primera frase cuando me proponen ir de excursión es: «Yo no voy, me quedo en casa…»; pero luego cedo y al final veo que mi madre lleva toda la razón, pues me lo paso muy bien.

Otra tarde fuimos a bañarnos a la piscina municipal para mostrarle al ío y a mamá nuestros pinitos y adelantos en el agua, hechos este verano en Huéneja (Granada): tirarnos haciendo la bomba, especialmente Saúl que ya le ha perdido el miedo que tenía antaño, gracias a las clases recibidas en la piscina de la Alfarería de Sevilla a lo largo de todo el curso; yo, haciendo mil y un buceos y largos de piscina sin cansarme, pues mi estado físico es inmejorable, como me dice el ío. No fuimos más veces allí, puesto que a lo largo de todo este verano nos hemos bañado mucho y no lo echábamos tanto de menos como otros años.

Dos tardes nos acercamos por el Pabellón Municipal Antonio Gutiérrez “El Viejo” y estuvimos escalando en el rocódromo y haciendo marcas de velocidad y resistencia mientras el ío -con su cronómetro y palabra- nos animaba y felicitaba. También aprovechamos para jugar al fútbol o tirarnos penaltis los tres (los dos niños y el ío), pero con porterías de verdad que es mucho más interesante.

Muchas mañanas y/o tardes hemos aprovechado para jugar al fútbol o al baloncesto en el amplio patio de los íos. Nos lo hemos pasado de bien... Además, normalmente gano yo, ya que hacemos dos equipos (uno con el ío y Saúl; y otro yo solo) y casi siempre los venzo por goleada, aunque mi hermano se las sabe todas y a veces protesta, llora o se cabrea para que se anule algún gol porque, según él, ha ido alto, ha dado en el palo (el ío dice poste), ha habito falta o “estaba distraído”. Tiene una inventiva para ello… Yo, por no discutir, se lo concedo casi todo con tal de seguir jugando.

Como la casa de los íos es inmensa es ideal para jugar al escondite. Yo he encontrado baches o lugares recónditos en los que no me han encontrado hasta que ya me llamaban porque se rendían y tenía que salir. Como mi hermano ya va a ir a primero de primaria en septiembre, cuando volvamos el día 10 a Sevilla, aprovecha para contar con los ojos cerrados hasta veinte o treinta, mientras el resto nos escondemos… ¡Qué bonito juego es el escondite!

Paseando hemos visto y saludado a muchas personas, entre ellas a nuestro párroco don Alfonso, que fue el que me bautizó. Le dije que ya había hecho mi primera comunión en Sevilla. Estuvimos saludándolo y hablando con él en la calle Campanario, admirándose de lo altos y cambiados que estamos tanto Saúl como yo.

También hemos jugado a las cartas. El abuelito nos ha enseñado el juego de la brisca y hemos pasado muy buenos ratos, sobre todo si gano yo, mejor que mi hermano, y viceversa para él. El ajedrez nos gusta mucho y, como el ío nos ha enseñado pacientemente a los dos hermanos, jugamos con él y, a veces, hasta le ganamos y mira que es difícil con lo que sabe… Como me traje mis dibujos y rotuladores desde Sevilla ha habido momentos de siesta que nos hemos entretenido en dibujar en paz y en silencio, cosa harto difícil para nosotros, como cualquier niño que se precie, mientras los mayores se turnaban echando la siesta porque nosotros -este año- no hemos consentido en echarla, pues nos parece una pérdida de tiempo que no estábamos dispuestos a ceder… Los ratos de tele con Doraemon y compañía y alguna que otra peliculilla también nos han entretenido y divertido bastante.

Hemos ido dos noches gratis al cine de verano de la Plaza de los Toros. Una de ellas nos hemos encontrado con nuestra amiga Marta y otra quedamos con ella y sus padres para tomarnos un helado de dos bolas en Los Valencianos de la calle Nueva. Mamá había sacado entradas para tres, pero el primer lunes que llegamos no pudimos ir, pues yo me puse enfermo con fiebre y todos se sacrificaron por mí. La verdad es que no sé lo que me pasó ya que al día siguiente estaba como nuevo, quizás fuese el cansancio que traía acumulado de los días de veraneo y el viaje. Lo importante es que me mejoré y como me dice la ía, al darme fiebre, seguro que he dado otro estironcito para ver si llego pronto a la altura que necesito tener para no usar las sillas del coche mientras somos niños… La primera noche de cine Saúl se durmió y el ío tuvo que llevarlo a cuestas hasta nuestra casa.

La visita que hicimos una mañana a la tita Prudencia (de mi ío) y que todos los años realizamos ya que es muy mayor, no sé si son 91 años, nos encantó, ya que la visitamos -como siempre- en su piso subiéndonos por el ascensor lentísimo que tiene y, después de charlar un rato y darnos su hija Pepi un rico cono helado de chocolate y nata, que estaba buenísimo, por cierto, nos bajamos para que nos enseñase otra vez su piso, puesto que yo no me acordaba que ya el año pasado nos lo enseñó también. Lo que más me gustó fue que nos bajamos a la cochera a jugar a baloncesto y fútbol con Cristóbal, marido de la tita Pepi, que entiende bastante de nietos pues está harto de jugar con ellos en ese mismo lugar todas las semanas. Yo encesté bastante y desde lejos, tanto que fui la admiración del grupo y me decía la tita Pepi que eran canastas de tres puntos, por lo lejos que las lanzaba y encestaba (encanastaba, como digo yo). También metía sus canastas mi hermano Saúl, especialmente cuando lo cogía Cristóbal en brazos y lo subía cerca de la cesta y él remataba con un mate como si fuese Michael Jordan. ¡Cómo le gustaba!

Luego pasamos a jugar al fútbol que también se nos da bien por la mucha práctica que tenemos y Cristóbal que estaba de portero las paraba casi todas, aunque alguna que otra vez le colamos más de un gol. En fin, tanto nos gustó, que yo le insistí varias veces, sin conseguirlo, al ío y mamá para que todos los días que nos quedaban por pasar en Úbeda fuésemos a casa de la tita Prudencia y pudiésemos jugar al fútbol y baloncesto y, si, además, caía algún que otro heladillo no le íbamos a hacer ascos ni mi hermano ni yo… Pero no pudo ser. Habrá que esperar hasta el año que viene.

Una mañana quedamos con la amiga de la ía (Rosa Mari Llinares), pues todos los años, en el verano, nos vemos en Úbeda y nos quiere mucho a los dos, además de al resto de la familia, para tomar algún helado o lo que fuese en La Jijonenca. Otra noche iríamos a Los Valencianos de la calle Nueva que también tienen unos helados muy ricos… Lo pasamos muy bien. Saúl y yo tomamos unas tortitas con chocolate y dos bolas de helado que estaban para chuparse los dedos. Y encima Rosa Mari, cuando nos despedimos, nos regaló dinero (como viene haciendo todos los años; es muy cariñosa y magnánima; no son mis palabras sino del ío) que fue directamente a la hucha. A mí me regaló más que a mi hermano porque, según nos dijo ella, yo este año había hecho la comunión y por eso subió la cantidad, convirtiéndose en un billete más gordo.

Otros dos días hemos subido al Parque Norte, por la tarde, para que mamá viese a sus buenas amigas de Úbeda (Elisa, Luisa y Elena) y nosotros pudimos jugar con Marta, que es la hija de Elisa y Vicente, que tiene ya cuatro años y es muy guapa, como su madre. Nos lo pasamos todos muy bien correteando por los montes artificiales que construyeron allí, bajándonos por los  tres toboganes que hay, aunque Marta sólo lo hizo en el chico de color rojo, que lo han puesto nuevo este año. Otras veces el ío nos indicaba misiones que debíamos hacer los tres para acumular muchos puntos y ser campeones. ¡Qué bien nos lo pasamos todos…! ¡Qué sentido de libertad da la naturaleza y el campo…!

Las varias veces que hemos ido a jugar a la bolera en el polígono nos ha encantado a los dos infantes. Casi siempre formamos un equipo compuesto por Saúl y Abel contra otro de mami y el ío. ¡Qué divertido fue todo! Como es lógico siempre ganamos nosotros por goleada, pues cuando se pone el juego electrónicamente, a nosotros, por ser pequeños, salen unas barreras que hacen que las bolas no se salgan de la pista y siempre, siempre, tiramos todos los bolos o casi, mientras que a los mayores se les va por el hueco derecho o izquierdo y, a veces, tiran pocos bolos o ninguno. Por eso este año hemos probado a hacer nuevos equipos: mami conmigo y el ío con Saúl, con barreras incluidas y hemos ganado casi siempre porque yo soy un forofo de este juego que también en Sevilla practico algún que otro fin de semana. Además de hacer un juego o dos de bolos, nos conceden (mami y el ío, que son quienes los pagan), por cortesía, varias partidas de un euro cada una para que cada uno de nosotros elijamos la que más nos guste y/o mejor se nos dé. A mí me encantan las máquinas de tirar a canasta y verdaderamente soy un hacha, como me dice el ío, pues hago muy buena puntuación y por supuesto suelo superar al jugador anterior (que puedo ser incluso yo mismo), ya que queda marcado su récord en pantalla. También jugamos al futbolín, aunque en eso estamos un poco verdes los tres, menos el ío que se ve que sí ha jugado de pequeño y no era malo que digamos. A mi hermano le encantan (y a mí también) las maquinitas de coches que corren en la pantalla y, como a él le cuesta llegar al embrague, yo le ayudo con tal de que disfrutemos los dos de lo lindo. También jugamos a los bolos electrónicos y conseguimos muchos pins con gran divertimento de todos, siempre animados por los mayores. En fin, que nos pasamos esas tardes de cine y volvimos a casa con más hambre que nunca mientras la ía nos había preparado una exquisita y atrayente cena. Es ella la que mejor cocina de la familia y eso que dice que no le gusta cocinar. Por eso cuando alguien me pregunta con qué comida y cocinera me quedo, yo (y mi hermano, eso que el ío me dice que primero hay que decir al otro y yo en último lugar, pero se me olvida) siempre con la mejor cocinera del mundo: la ía Margarita…

Otra tarde aprovechamos para visitar el Santuario del Gavellar con el loable fin de conocer y querer las tradiciones ubetenses. Estaba cerrado por cierto, lo que es la iglesia y su patio, pero pudimos verlo desde las rejas y visitamos el parque infantil de juegos que hay allí, aunque se ve un tanto anticuado con respecto a otros que hay en Úbeda o Sevilla. Bajamos andando hasta el arroyo que estaba seco y vimos un gran rebaño de ovejas, un tanto lejanas, que levantaban un polvo impresionante y oímos sus balidos que llegaban perfectamente a nuestros oídos, así como los ladridos de su perro pastor.

Disfrutamos de una estampa campestre que alargamos yendo, a petición del ío, a visitar el Puente Ariza que hizo Andrés de Vandelvira y que anda sepultado bajo las aguas durante gran parte del año por el Embalse del Giribaile, pero que renace en los veranos y sequías, como pidiendo a la insensible población de sus alrededores, que lo salven antes de que sucumba en el olvido y sea descarnado (“despiedrado”), como ya lo va estando, por esas aguas del río Colorao (Guadalimar) que, de tanto lamerlo, lo van a dejar chupao como un chupachups. Nos hicimos fotos y pudimos apreciar cómo la naturaleza feraz se va apoderando de la carretera cortada y de todo su entorno. Se nos cruzaron por la carretera muchos conejos y liebres y por el aire vimos muchas aves diferentes. ¡Toda una gozada…!

Ya sé meter goles a la chilena pues practico todo lo que puedo, y de todas las maneras, ya que este año me he aficionado más al fútbol y le he dicho a mis padres que quiero apuntarme a un equipo de fútbol del colegio al igual que no seguir en el equipo  Fresas de baloncesto que tenemos en la Safa de Sevilla, en el que llevo ya tres años y en donde tengo muy buenos amigos: Ignacio, Héctor Fouarge, Lucca, etc. Hasta hay niñas en nuestro equipo que ya van jugando bien, tanto como nosotros los varones.

¡Ah! También el ío nos regalaba -de vez en cuando- un viajecito con nuestro coche por distintas rutas de nuestra ciudad Patrimonio de la Humanidad, donde vemos muchos turistas disfrutando de su patrimonio, arquitectura e historia, aunque también conocemos la parte nueva, en donde hay algunos aparatos gimnásticos al aire libre que, por la tarde, cuando les da la sombra, nos sirven de diversión y práctica como hacen otros niños y mayores para estar en forma. A mí me encantan los de escalar y colgarse, atravesando su escalera con las manos. El abuelito, que no ha sido mal gimnasta y que ha jugado mucho a baloncesto, balonvolea, balonmano y practicado ciclismo de joven, dice que él no era capaz de resistir tanto como yo lo hago encima o agarrado a esa estructura metálica. Por algo será...

También hemos callejeado mucho. No todo lo que mamá hubiese querido, pero… Y hemos visitado dos veces a sus queridas monjas carmelitas descalzas de la calle Montiel. Son sus buenas amigas (y de nosotros también) que hasta nos han regalado algunos de sus ricos productos para que tanto en Úbeda como en Sevilla, gracias a su rico sabor, no las olvidemos… Me gustan mucho las bizcochadas y las magdalenas con bolitas incrustadas de chocolate. También las pastas llamadas teresitas y las que tienen un trozo de almendra en el centro. A mi hermano le pirran las primeras, porque están cubiertas de chocolate hasta casi la mitad…

La mañana en que fuimos al cementerio municipal, pues a mami y al ío les gusta visitarlo y recordar a sus seres queridos siempre que pueden y más estando en Úbeda, hacía una mañana soleada pero con un poco fresco y lo pasamos muy bien. Nosotros, como somos súper preguntones, no hacíamos nada más que querer saber cosas y personas de la familia y de todo lo que íbamos viendo y observando en los distintos patios del cementerio. Había tumbas hasta de niños pequeños… Nos echamos algunas fotos y, como ya sabe leer Saúl, averiguó (yo también lo hice) los nombres de las personas que estaban enterradas bajo las lápidas, aprovechando mientras tanto los mayores para contarnos anécdotas o vivencias positivas de todas ellas, especialmente de mis cuatro bisabuelos maternos (Manuela, Fernando, Paquita y José Mª); de la tita Marga, que murió prematuramente hace cuatro años, con solo 57; del primo Antonio que vivía en Peal de Becerro (todos los veranos íbamos a verlo y echábamos la mañana con él, hasta que falleció); de Marieta, amiga íntima de los íos; y de los titos lecheros, Antonio y Miguel, etc. Hasta de personajes ilustres ubetenses nos habló el ío, como el afamado escritor Juan Pasquau Guerrero, el matemático Gallego Díaz, el magnífico escultor Palma Burgos, etc.

Empezamos por el patio antiguo que está abigarrado de tumbas, aunque últimamente le han hecho obras y se encuentra mejor para mi gusto. Luego pasamos al de en medio y al de abajo, que es inmenso y cada año que venimos hay un nuevo edificio de nichos en los que descansan cientos de ubetenses que terminaron su periplo vital y andan ya en el Cielo con sus familiares y deudos. En fin, que pasamos una linda mañana, quizá porque aún no sabemos lo que trae la muerte a las personas que la viven y a sus familiares y amigos más íntimos. No tenemos edad todavía de comprenderlo. Mejor así, sacar solo lo positivo y no lo negativo que esto tiene…

Hasta la ía Margarita tenía apuntado un listado de posibles comidas y cenas para que no se le escapase ningún detalle. ¡Es tan corchetera y competente! Siempre está haciendo labores de punto o trabajos de patchwork que son una preciosidad. Este verano en Úbeda no hemos ido a tantos restaurantes como en Torre del Mar, pero alguno que otro ha caído y nos ha gustado mucho. La economía, como dice mami, también cuenta…

Nada más llegar nosotros, el lunes siguiente, fuimos a Mercadona a pertrecharnos de todo, pues no teníamos nada en la casa, para poder hacer las tres comidas diarias las cinco personas que vivimos juntos. Me quedé pasmado del montante al que ascendió la cuenta cuando el ío pagó con su tarjeta en caja, aunque muchas veces, por turnos, pagamos nosotros dos con su tarjeta. No nos quiere decir su número secreto porque sabe a ciencia cierta que lo vamos a ir cantando y publicando por cualquier sitio y va a estar vendido…

También hemos visitado el hermoso Día de la avenida Ramón y Cajal, donde en un tiempo estuvo Talleres Costán. Es grande y completo. Aunque el que a diario iba la ía –sobre todo- era al Masymas que tenemos cerca de casa y al mercado de abastos que cada año que volvemos lo vemos más apagado y con más casetas cerradas. ¡Una pena!

La ía ha comprado en la panadería La Hija de Julio ochíos, tortas de chocolate, tortas de azúcar, tortas pequeñas de candelaria… tanto para gastarlos durante nuestra estancia en este turismo de interior como en Sevilla, con el fin de alargar el rico y entrañable sabor ubetense un poquito más.

También hemos comprado a Salva higos, frutas y verduras variadas, así como las famosas berenjenas pequeñas que la abuelita sabe hacer tan bien, con la receta que le dio su amiga Marieta, y que al abuelito y mamá les encantan, pues es un encurtido probiótico casero que vale un potosí (es lo que he oído decir a mi ío).

Otro establecimiento que siempre visitamos es la carnicería de Carnicerito de Úbeda, pues sus carnes son exquisitas y los chorizos pequeños saben a gloria tanto si nos los comemos crudos como cortados y cocinados en el arroz o en las patatas a la riojana). ¡La ía las borda!  No nos ha faltado de nada en este verano ubetense tan completo y divertido.

En honor a la verdad, también tengo que anotar en esta crónica que Saúl y yo nos queremos a rabiar y siempre nos necesitamos. Si uno hace una cosa el otro le imita. Si se levanta uno primero, el otro no quiere desayunar hasta que se levante el otro… Eso que podría ser bonito también tiene sus inconvenientes, pues siempre estamos en competición y por eso surgen rencillas que los mayores han de solucionar para que no llegue la sangre al río. Como buenos hermanos nos queremos y peleamos a partes iguales. ¡Qué sería de nuestra vida si a todo dijésemos que sí, como muchas veces quieren que digamos y hagamos los adultos…!

La vuelta la hicimos el último domingo de agosto. Nada más levantarnos, desayunamos en casa y como tanto la ía como mamá tenían el equipaje preparado, lo fueron cargando entre los tres mayores, en sus respectivos coches, para salir sobre las once de la mañana rumbo a nuestra casita sevillana. Antes, nos despedimos de nuestros queridos vecinos Carlos y Josefina y de Pepe (aunque no estaba en su casa sino en la de su tía) y Mariani, dándoles las gracias por todo y especialmente a estos segundos porque siempre nos regalan unos exquisitos higos de su huerto. Siempre recordaremos los veranos ubetenses por el sabor a ricos higos: negros, nigales o blancos, especialmente yo, pues a mi hermano Saúl no le gustan. ¡Lo que se pierde…! Lo malo es que algún año descubra el pastel y toquemos a menos.

Cuando pasamos por Aldea Quintana (Córdoba) hicimos una parada para comer en Casa Baldomero. Todo nos supo a gloria. Lo hicimos al fresquito del porche. No es la primera vez, ni será la última que hagamos esta escala o parada técnica y necesaria para coger fuerzas (especialmente los mayores) y llegar sanos y salvos a nuestra querida ciudad de nacimiento. Aunque las obras de las calles en que vivimos nos estaban esperando para complicarnos la vida, con su polvo y desacarreo, con todos los inconvenientes al uso, por lo que tuvimos que aparcar de mala manera y bajar todo el equipaje de los dos coches, almacenarlo en nuestra casa y luego el ío irse llevando lo suyo poco a poco, tras llevar el coche al aparcamiento, en un domingo agotador para todos. Pero dormimos como un lirón, al menos nosotros, los niños, pues la edad de los mayores y sus preocupaciones es otro cantar al nuestro. Menos mal que hasta el día 10 de septiembre, miércoles, no empezamos el cole. Todavía tenemos unos días para disfrutar de los íos y ellos de nosotros…

¡Hasta el año que viene, si Dios quiere!

Sevilla, 6 de septiembre de 2025.

Fernando Sánchez Resa

 

 

 

 

 

 

 

 

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