Vicisitudes de la vejez, 42

 

Mis queridísimas nietas me cuentan que ahora lo que se lleva entre personas cultas y bien educadas es hacer escapadas literarias, aprovechando cualquier motivo: Día del Libro, puentes de primavera u otoño, etc. en las que el buen tiempo sea su nota dominante. Ciudades y entornos maravillosos nunca faltan, así como autores fallecidos o vivos (como le pasa a Antonio Muñoz Molina, nuestro paisano) son los que aprovechan el tirón y así se leen sus obras con más conocimiento y sabiduría, creando riqueza material e inmaterial en sus conciudadanos.
Hasta Úbeda tiene su ruta de Muñoz Molina para que todo visitante o turista de nuestra patrimonial ciudad pueda degustarla literaria y pedestremente, además de poder aprovechar su monumentalidad, el contacto con sus simpáticas gentes y paladear la añeja cocina que tan buenos platos ha dejado desde hace mucho tiempo y que bien conocían nuestros antepasados, pasando de forma oral -la mayoría de las veces- de abuelas a madres e hijas y que el negocio de la restauración ha sabido ponerlas en valor. ¡Como avanzan los tiempos, pues en mi época ni había dinero, ni tiempo, ni sabiduría, ni ganas para hacer esas rutas que solo las llevaban a cabo los muy entendidos y gente pudiente, por supuesto, pues los que éramos de la clase trabajadora con currar y ahorrar para la vejez teníamos tarea más que suficiente; y si encima le agregábamos el trajinar diario…


También mis nietas me ponen al día de otros temas que ni por asomo yo entendería o me preocuparía si no fuera por su paciente y docta enseñanza; y hasta parezco ya una experta que habla como si fuese una entendida en la materia siendo realmente una inculta.
Ahora me refiero a la llamada «inteligencia artificial», que es un artefacto nacido de una estupidez más del género humano, que se añade a las anteriores, superándolas. Yo creo que cualquier objeto creado por el ser humano va a heredar los defectos de su jactancioso creador. Por eso, pienso que el mayor peligro para la humanidad no proviene de la llamada «inteligencia artificial» sino de la «inteligencia natural», es decir, de la infinita estupidez y engreimiento del género humano.
Y esto empalma con otro tema candente en nuestra sociedad actual: la mayor experiencia de soledad de la historia que podemos percibir hoy, tanto en la intimidad del yo como en compañía, siendo las ciudades actuales las grandes creadoras de soledad. Es estremecedor saber que Gran Bretaña o Japón hayan creado un MINISTERIO DE LA SOLEDAD… ¿Hasta dónde vamos a llegar? Nuestra sociedad occidental y europea trata -cada vez más- de diluir los lazos familiares y la idea de lo colectivo. Eso no pasaba en nuestra época, pues la familia normal siempre estaba unida y vivía en compañía, ayudándose en lo que podía en los momentos más necesarios: crianza de hijos, enfermedad, vejez, ruina económica, etc. Todo esto es una consecuencia lógica: si se destruye la familia con qué nos quedamos, ¿con Papá-Estado, multisolucionador de problemas…? Mucha gente cree que no está solo porque tiene un móvil (en el bolsillo o en la mano), con todos los adelantos y actualizaciones posibles y que él le salvará de la soledad de hoy y de mañana. ¡Craso error, bajo mi punto de vista! Por muchas redes sociales por las que te muevas te toparás con opiniones cada vez más atomizadas, lo que lleva a una mayor dificultad para conversar con quien piensa diferente, y eso me parece peligroso, pues es el otro el que te puede aconsejar y ver tus defectos para que puedas corregirlos. No hay humano perfecto. Estamos en la sociedad más individualista de la historia y ese individualismo ligado al capitalismo rampante nos ha llevado a la mayor experiencia de soledad.
Nos venden falsamente que somos independientes y responsables de todo lo que nos sucede, de ahí el auge de los libros de autoayuda que hacen creer a los incautos que con su lectura y puesta en práctica conseguirán la felicidad permanente, puesto que supuestamente está en nuestra mano; por eso, estos discursos llevan a la insatisfacción pura y dura, haciendo creer que soy yo el único que puedo luchar por mis intereses, abocándome a la soledad y al sentimiento de que cada vez vivimos más en un vacío permanente.
En fin, como me estoy poniendo muy melodramática y filosófica, quiero cambiar de registro y contar anécdotas o vivencias de mis años mozos o de mis familiares o conocidos.
Recuerdo que donde hoy está la Chopera de Úbeda, uno de los edificios más altos de mi ciudad, frente al monumento de Carnicerito de Úbeda, era todo un descampado que se encontraba en alto y estaba el campo de fútbol del Iberia, un equipo con solera en el que jugó mi marido cuando era joven y tenía el pelo rizado… También me acuerdo que posteriormente, donde hoy se encuentra Carrefour, estaba el campo de fútbol del Úbeda (que después lo cambiaron a parte de la SAFA de Úbeda) e incluso la hípica en un tiempo. ¡Qué tiempos aquellos en los que no había televisión, aunque sí radio, y las diversiones eran más sanas y baratas que las de hoy!
Se me enternece el alma cuando rememoro la parafernalia de los gusanos de seda de mis hijos, mientras los criaban y vendían en su tierna y bonita niñez, y lo que disfrutaban con ello; y cuando teníamos que pertrecharnos de alimento recorriendo todos los sitios de Úbeda y alrededores en los que la morera nos proporcionaba fácil y gratuito alimento.
A lo mejor repito alguna que otra anécdota, pero usted, amable lector, me perdonará, pues soy ya demasiado viejita y se me olvidan las cosas que digo o escribo recientemente. Me falla la memoria a corto plazo, como me dicen mis queridas nietas, mientras que la de largo plazo ahí sigue, incólume…
Otra anécdota jugosa es la de la madre de mi cuñado Francisco y sus tres hermanos que, como ella los acostaba antes del anochecer, los niños no sabían lo que era la noche, hasta que un día se descuidó haciendo recados y visitas y se quedaron en la calle esperándola. Como se les hizo de noche y ellos no la habían vivido nunca, se sentaron en el escalón de su casa y lloraban asustados más que Jeremías, porque no conocían la oscuridad que trae de la ausencia del día. Eran tan pequeños y estaban tan bien acostumbrados a acostarse antes del anochecer que aquello les vino muy grande. Cosa que ahora en nuestra sociedad desbocada no se suele dar, salvo honrosas excepciones, pues lo que se pide es el trasnoche y el despiporre y mucha gente lo acepta con los brazos abiertos y sin pensárselo, sobre todo los jóvenes o personas que no se imaginan cuando lleguen a ser mayores, si es que llegan y no han hecho excesos en demasía y, si no, encuentran una solución rápida: tirarse a las pastillas para dormir y que salga el sol por Antequera, sin tener en cuenta las contraindicaciones que conllevan. Esta sociedad desbocada no hay quien la entienda y menos una anciana que blinca ya los noventa abriles, por ponerme romántica.
«Estás obsoleta» me dicen de cachondeo mis hijos y nietos. Pero aquí sigo dando la lata o la tabarra y expresando mis sentimientos, vivencias y emociones sin tapujos ni censuras hasta que Dios me lleve a su santo seno.


Torre del Mar, 7 de agosto de 2025.
Fernando Sánchez Resa





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