Puy du Fou

¡Cuánta alegría y satisfacción me proporcionó nuestro tito Emilio al regalarme una entrada familiar a este fabuloso parque temático toledano, con motivo de mi primera comunión!
Como ya expliqué en el artículo Mi primera comunión
(https://aasafaubeda.com/2025/06/08/mi-primera-comunion/#more-26616) me sentí contento y feliz de recibir al Señor, principalmente, y de que me hiciesen tantísimos regalos, pero una vez que fuimos en familia a Puy du Fou tengo que decir -sin dudarlo- que ha sido el mejor regalo material que recibí por ese evento.
Con el fin de materializarlo antes de que acabase el curso escolar, mi mamá (que es tan práctica y eficiente para todo lo que emprende) pensó que lo mejor era hacerlo el último fin de semana de junio (27, 28 y 29), puesto que antes nos era imposible y dejarlo para después del verano era una locura, porque cuando comience el nuevo curso escolar, el 10 de septiembre, ya tendremos otros asuntos y tareas que no permitirían su disfrute sin ambages.

                             


Por ello, con tiempo, mamá sacó las entradas para todos nosotros y concertó un bonito hotel en la imperial Toledo: Pintor el Greco. También hizo las reservas de tren para que todo saliera a pedir de boca. Como no hay línea directa Sevilla-Toledo, hubimos de ir hasta Madrid y, en Atocha, transbordar para llegar a Toledo. Y el viaje de vuelta hacerlo al contrario.
Se nos presentó un fin de semana caluroso que hermanó en las temperaturas a ambas capitales: la castellano-manchega y la de Andalucía, pues llegaron a los mismos grados de calor. Allí, pues, nos encontramos como en casa…

                                             
El viaje en tren AVE desde Santa Justa a Atocha y después a Toledo fue relativamente corto y entretenido, pues teníamos unas mesas que sacábamos o metíamos a voluntad para jugar a algún juego de mesa o pintar si fuese necesario. La posibilidad de moverse e ir al baño cuando se precisase era garantía de que tanto Saúl como yo no daríamos la lata en demasía, pues casi todo era novedoso. Sí que eché de menos -tanto en el viaje de ida como de vuelta- que no se pudiese oír música rock por los auriculares del tren, que tanto me gusta, ni que nos echasen una película como lo hacían en viajes anteriores. Renfe ya no es lo que era… En algunas partes del trayecto no teníamos aire acondicionado y el calor pegaba de veras. Renfe lo solucionó dando abanicos gratis para refrescarnos en el viaje de vuelta…


En Atocha había un follón de gente impresionante, por lo que no nos despegamos ninguno del grupo y menos nosotros, los dos niños, pues no queríamos perdernos y estábamos ansiosos por llegar a Toledo para disfrutar del día completo en Puy du Fou, que sería el sábado, 28 de junio.
Los titos Mónica y Emilio nos estaban esperando amablemente ya en el andén de la estación con su fabuloso coche -en el aparcamiento- donde cabríamos todos. Nos besamos y abrazamos con gran regocijo de todos, ya que llevábamos un tiempo sin vernos e íbamos a pasar un fin de semana de cine, no sin antes gastarles la primera broma a mamá y los íos. Como Saúl y yo somos muy marchosos y nos gusta jugar a engañar de mentirijilla, nos pusimos de acuerdo con el tito escondiéndonos en el maletero que se convierte en asiento, cuando fuimos los tres a recoger su coche, mientras el resto de la comitiva nos esperaba a las puertas de la bella estación ferroviaria toledana. Les dimos un buen susto, pues vieron aparecer al tito sin nosotros… Al fin, todo se solucionó satisfactoriamente.

                                               
El hotel nos causó grata impresión, tanto en su ubicación (cerca del Museo del Greco que mamá y la ía irían a visitar el domingo, antes de marcharnos), como en sus instalaciones, habitaciones y comedor pues ya estábamos pensando en los dos desayunos buffet que nos esperaban el sábado y el domingo haciéndosenos la boca agua a todos.
La habitación de los íos (abuelos) y la nuestra estaban próximas y lo primero que hicimos fue ir a verlas y quedar admirados de su limpieza y novedades, con alguna diferencia, pues la nuestra tenía dos camas y la de los íos solamente una.
La tarde-noche del viernes, 29 de junio, trajo la sorpresa de cenar juntos opíparamente en un restaurante del entramado histórico, duchándonos intermitentemente con los aspersores que tenía el restaurante instalados para emitir agua y frescor a sus clientes. La tita Mónica había reservado, muy bien por cierto, en un restaurante céntrico, cercano a la catedral. Cenamos a la carta, cada uno pidiendo lo que le apeteció, consensuándolo los mayores (con la ayuda de un amable camarero, pues quisieron pedir demasiados platos y él les aconsejó lo contrario), compartiéndolos y disfrutando del postre de helado que tanto Saúl como yo esperábamos como agua de mayo. Después, nos fuimos paseando y charlando pausadamente por la bella ciudad monumental -con nocturnidad y alevosía- para llegar al hotel y descansar de la larga jornada vivida.


Dormimos bien todos, especialmente Saúl y yo, ya que cuando caímos lo hicimos de un tirón. Había que recargar nuestras pilas y lo conseguimos mejor que con las baterías de los móviles.
Nos levantamos felices y contentos, llenos de fuerza y energía, y deseosos de visitar el comedor del hotel para desayunar a destajo. Allí había todo tipo de alimentos y bebidas: dulce, salado, amargo…, en cantidades industriales y que no se acababa nunca. “Nos pusimos las botas”, como vulgarmente se dice. Todos. Como decía mi ío, “llenamos el ojo antes que la tripa”. Todo estaba rico, rico… como repite una y otra vez Arguiñano.

Era el día D por lo habíamos quedado a las 10 y media en la puerta del hotel para que nos recogiera el tito Emilio y nos llevase directamente a Puy du Fou. Estábamos anhelantes y nerviosos. Emprendimos la marcha con las indicaciones que le habían proporcionado en nuestro hotel al tito Emilio y con la ayuda del GPS del móvil de mamá. Marchamos por diversas carreteras sin lograr conseguir acertar a la primera en el recorrido exacto, pues nos equivocamos alguna que otra vez hasta que definitivamente arribamos a una enorme y gigantesca explanada donde múltiples vehículos de variado pelaje iban entrando y aparcando con las sabias indicaciones de los jóvenes empleados que allí estaban. La marea humana que se fue formando hasta que llegamos a la propia entrada del parque temático iba siendo dantesca, cual río que desemboca en la mar…

                                 

Serían sobre las doce y media, aproximadamente, cuando lo hicimos. Íbamos deprisa no fuese que nos quitasen la plaza… Pero, entonces, tuvimos el primer contratiempo y parón obligado: a la ía la seleccionaron en la misma entrada para hacerle una segunda revisión de su bolso más exhaustiva por si llevaba algo indebido, por lo que el resto de la comitiva tuvimos que esperarla, cómo no, y eso nos retrasó un tanto la ansiosa llegada al corazón del parque.
Hacía un calor impresionante que fue en aumento conforme entraba más la jornada, pero nosotros, valientes y aguerridos, queríamos verlo y disfrutarlo todo. Ya por Antonio Santos, el amigo del ío, sabíamos que la mejor opción para no perderse un espectáculo era bajarse la APP del parque, lo que nos ayudaría un montón, además de consultar los folletos informativos que nos regalaron a la entrada tanto de Mesones y Casonas como de Animaciones y Espectáculos. Hacía tanto calor que cada dos por tres había duchas en los caminos cuyos aspersores hacían más llevadera la visita. La ía y el tito Emilio bien que los usaban cada dos por tres. Nosotros, Saúl y yo, solamente lo hicimos al final de la tarde, a pesar de la insistencia de mamá, pues de principio nos negábamos a hacerlo hasta que nos dimos cuenta de nuestro error ya casi finalizando la visita. Mi hermano es que muchas veces (o casi siempre) hace lo que yo hago o digo. Como hermano mayor tengo mucho predicamento sobre él…

                           
La visita en -un solo día- de este fabuloso y extenso parque temático es todo un reto para el visitante o turista, pues no es fácil -en tan poco tiempo- ver y disfrutar de todos los espectáculos, animaciones y visitar algunos mesones o casonas. Siempre tuvimos que elegir, ya que había muchísima gente en cualquier espectáculo que íbamos y las colas eran interminables. Aunque tienen horario flexible de mañana, hora cálida (¡qué ironía!) y tarde, hay que hacer encaje de bolillos para verlo todo o casi. Nosotros aprovechamos bien la jornada pues los disfrutamos casi todos, aunque no llegamos a ver ninguna animación sólo los espectáculos principales. Para comer, lo hicimos en uno de los mesones, no recuerdo el nombre, pero con comida basura que tanto odian los mayores y que tanto nos encantan a todos los niños; pero como un día es un día, qué le íbamos a hacer si estaba todo programado para que así lo hiciésemos, si quieres comer y beber algo para que te quede el mayor tiempo posible para asistir a los espectáculos.

                         

Nos hubiera gustado yantar, como dice finamente mi ío, en mesones o casonas de más caché, pero el tiempo fue determinante para que no lo hiciéramos, ya que había unas colas impresionantes a la hora de comer o merendar, también, por lo que perdías demasiado tiempo en detrimento de asistir a todos los espectáculos posibles. No faltó tomarnos, por lo menos mi hermano y yo, unos frescos sorbetes (el ambiente tórrido, bien que lo pedía), a los que nos invitó el tito Emilio, que como eran tan grandes se los dejamos al ío para que se los terminase.
De los diez espectáculos que se ofrecían, a cual más bonito y sorprendente: El Último Cantar, A Pluma y Espada, Allende la Mar Océana, Cetrería de Reyes, El Misterio de Sorbaces, El Tambor de la Libertad, De Tal Palo, Desmayarse, El Espadero de Vivar (todos ellos diurnos) y El Sueño de Toledo (nocturno) pudimos ver siete u ocho, ya no lo recuerdo bien, pues todos eran tan bonitos e impactantes que hasta los mayores quedaron maravillados y con ganas de ver más y volver. Por destacar algunos que nos gustaron a todos y, especialmente, a los niños en particular, diré que fueron El Último Cantar, A Pluma y Espada, El Misterio de Sorbaces y El Tambor de la Libertad, aunque seguramente que el que más nos impactó y sorprendió a los niños fue Allende la Mar Océana, puesto que era un espectáculo inmersivo, atravesando el interior de un enorme barco, como si fueses de acompañante de los primeros marineros que cruzaron el océano Atlántico, cayéndonos agua y todo en su recorrido, que incluso nos hubiera gustado repetir…

Quedamos anonadados de ver esos escenarios tan enormes que se llenaban de personajes históricos montados en sus caballos, declamando versos, haciendo malabarismos y/o navegando en sus naves. A Pluma y Espada, nos maravillaban a todos cómo podían hacerlo tan milagrosamente, como si la mar estuviese en el escenario, chapoteando los cascos de los caballos. Una maravilla. Con razón dicen que es el mejor parque temático de Europa, seguro que de España. Además de que en las actuaciones de interior estábamos muy fresquitos y nos servía de asueto y refresco para descansar del tremendo calor que hacía afuera. Desde luego el espectáculo que más nos costó asistir, aunque lo disfrutamos de lo lindo, fue Cetrería de Reyes.

                     

Lo hicimos a las 13,45 en pleno fulgor de la ola de calor que nos envolvía por todos sitios y más estando sentados en las gradas sin sombra que nos cobijase (menos mal que nos llevamos los paraguas y ellos nos sirvieron de escudo protector, además de la crema solar correspondiente). Solamente dos actores vestidos a la moda oriental medieval (uno en cada grada) nos iban refrescando con su manguera, antes de empezar el espectáculo, y varias duchas de agua fina que había en los laterales de las gradas. La historia que contaron era muy interesante y las diversas aves hicieron su trabajo de maravilla quedando todos admirados de su belleza en el vuelo y su precisión de aterrizaje, pero hay que reconocer que todos los que asistimos allí (que éramos muchos) tuvimos demasiado mérito, ya que el sol era el principal protagonista queriéndonos derretir por ser tan temerarios. En fin, superamos la prueba y nos fuimos a comer a unas sombras que nos dieron la paz y el sosiego que íbamos buscando. Es meritorio que un territorio de secarral tan extenso -poco a poco- lo vayan convirtiendo en un lugar visitable y poblado de arbolado…
A la tarde-noche nos fuimos acercando al espectáculo nocturno que era la estrella de todos, pues nos sentamos en unas gradas que eran inmensas. Según nos dijeron, estábamos siete mil espectadores numerados. Las colas para entrar al local también eran impresionantes, pero estaban muy bien organizadas y repartidas en las múltiples entradas y salidas que tiene.

Desde luego nos impactó el bello espectáculo histórico de luz, sonido y representación teatral, puesto que no tuvimos un momento de sosiego para distraernos. Hasta a mi hermano le encantó, lo que pudo ver, claro, ya que el pobre estaba tan cansado que a mitad de las actuaciones se durmió en brazos de mamá hasta que finalizó. Luego se fueron turnando, para llevarlo en brazos hasta el lejano aparcamiento mamá, el tito Emilio y el ío. Menos mal que se despertó a mitad de camino y se puso a andar como si tal cosa disfrutando de la larga vuelta pedestre nocturna que nos tuvimos que dar para regresar a coger el coche donde lo habíamos aparcado por la mañana. Tardamos un buen rato en salir del atolladero, esperando las colas que se formaron para irnos de allí. El viaje de vuelta fue rápido y divertido pues aprovechamos para ir comentando las cosas que nos habían ocurrido y todo lo bonito que habíamos presenciado.
Nuestras camitas en el hotel nos esperaban con los brazos abiertos pues el día había sido muy intenso y era preciso reponer las pilas vitales urgentemente, para que el domingo pudiésemos disfrutarlo a tope con el tito Emilio que es tan chiquillero y agradable. ¡Qué buena persona es y lo que lo queremos todos, especialmente Saúl y yo!

                       
Y amaneció el último día de estancia toledana. Habíamos quedado con el tito a la puerta del hotel sobre las once de la mañana para ir paseando por lo más céntrico del Toledo antiguo, incluida la Plaza de Zocodover, el Alcázar de Toledo, etc. Antes que llegase el tito, mamá y la ía se fueron a visitar el museo cercano que les encantó, según nos dijeron.
Luego, después del segundo pantagruélico desayuno buffet, que siempre quedará en nuestras memorias, el tito Emilio nos llevó con su coche al centro histórico, explicándonos por el camino todos los monumentos principales y cosas reseñables que avistábamos, ya que él sabe callejear por esta ciudad muy bien, porque hizo la mili allí y la conoce como la palma de su mano.
Caminando por sus calles más emblemáticas, una vez dejado su coche en un céntrico aparcamiento público, marchamos al Museo Toledo Iluziona. Nos hizo muchísima ilusión, valga la redundancia, y lo pasamos de miedo, principalmente mi hermano y yo, aunque los mayores también lo disfrutaron. Pero es que nosotros nos hicimos muchísimas fotos con el tito Emilio, el ío, la ía y mamá en diversas y desternillantes posturas y poses y ante escenarios impactantes y raros, por lo que la mañana se nos pasó entre las manos de lo bien y divertido que lo pasamos. Muchas fotos nos hicieron a nosotros e hicimos nosotros también a los mayores, que siempre nos lo recordarán con alegría y nostalgia, pues pasamos una mañana estupenda que nunca se nos olvidará.

                                       
Después fuimos callejeando por el dédalo de calles históricas, pasando junto a la Catedral, hasta que llegamos a comer a un restaurante que había encargado también la tita Mónica. Estaba cerca de la Casa del Greco y, aunque pensábamos almorzar en su patio toledano, al ver el calor que hacía optamos por instalarnos en uno de sus frescos salones interiores en donde el aire acondicionado nos daba la sensación del fresquito veraniego que debería hacer en esta señorial ciudad.


La comida fue veraniega y estupenda. Pedimos salmorejo y pisto manchego que nos supieron a gloria. Nosotros creo que tomamos unas croquetas que con el hambre que teníamos cayeron todas. Nuestro postre veraniego no podía ser otro que helado. Mi hermano y yo lo pasamos yupi.
Y ya calleando, con un calor estilo Úbeda o Sevilla, fuimos hasta el aparcamiento para recoger el coche y que el tito Emilio nos llevase hasta la estación ferroviaria, con el fin de coger el tren de vuelta a nuestra casita, pasando primeramente por Madrid, en Atocha. Estuvimos jugando y refrescándonos con el ventilador de agua que le regaló el tito Emilio a la ía para refrescarse…
Todo nos fue bien, gracias a Dios. Llegamos a Santa Justa antes del anochecer. Como había tal follón de gente queriendo coger taxi, nosotros optamos por ir andando hasta nuestro domicilio pues estábamos descansados.
Cenamos en casa de los íos, jugamos y nos acostamos bien satisfechos. Habíamos tenido la suerte, gracias al tito Emilio principalmente, de pasar un fin de semana fabuloso que en nuestros sueños recrearemos -una y otra vez- transmutándolo aún en mayor felicidad, si cabe, de la que trajimos de este mini periplo veraniego.
¡Hasta otra, amigos lectores!


Torre del Mar, 11 de agosto de 2025.
Fernando Sánchez Resa

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