Con cuánta ansia llegamos a Torre del Mar (Málaga), el pasado 16 de julio, después de un viaje un tanto ajetreado, pues las obras que tenemos y padecemos en las calles en que vivimos en Sevilla nos dificultaron todavía más la salida, agravada con “el tórrido verano que estamos padeciendo”, como dicen los mayores, aunque yo no lo note y exprese demasiado. Tratamos de hacerlo de un tirón, mamá en su coche con nosotros dos (Abel y yo), mientras los abuelitos maternos (íos como yo les bauticé en un principio y así los llamamos casi siempre mi hermano y yo) iban detrás con el suyo, por si surgía alguna dificultad o contratiempo.
Perdimos el contacto a la salida, por las calles de Sevilla, en un semáforo, hasta que nos volvimos a encontrar un tanto avanzado el viaje, porque el ío creía que vendríamos detrás y resulta que le llevábamos la delantera. Estábamos deseando bañarnos y disfrutar del buen ambiente que se respira en esta ciudad de la costa del sol oriental de la provincia de Málaga.
Llegamos pasadas las tres de la tarde con diferentes intentos de parada en ruta para almorzar pero -al final- nos dieron de comer en el restaurante El Criado cuando ya casi la cocina iba a cerrar. Luego, a la noche, fuimos a cenar a La Cueva donde los calamaritos, la rosada, los boquerones fritos, etc. nos recordaron los sabores del verano anterior.

Podría contar infinidad de anécdotas graciosas protagonizadas por Abel o por mí, especialmente, por lo que empezaré contando una que nos ocurrió mientras viajábamos en nuestro coche mamá, el ío y nosotros dos, Abel y yo y que provocó la hilaridad total entre los presentes y, luego, los ausentes a los que se lo contamos. El ío, tratando de ser complaciente con todo el mundo especialmente en nuestro ámbito familiar, comentó en voz alta y de cachondeo que en él mandaba hasta el gato y yo no me pude callar emitiendo un miau espontáneo, como si fuera un felino doméstico, corroborando, una vez más, mi empatía y entendimiento de las situaciones, así como el poder que tengo sobre él como nieto.


Conmigo era necesario, en los viajes más o menos largos (de Sevilla a Torre del Mar o desde Torre del Mar a Málaga o destinos similares), llegado un determinado momento, decirme los minutos que faltaban, según el GPS, para llegar al destino, porque me impacientaba y lloraba queriendo llegar ya y bajarme del coche inmediatamente.
He observado que las gaviotas cada año que venimos están más tierra adentro. Como nuestro coche tuvo que aparcarse en las proximidades del Jardín Viña Málaga, más de una vez tenían unas buenas cagadas en él, aunque las que más se veían eran las del parabrisas de delante que hubo de limpiarse con energía y rabia para que pudiésemos ver sin peligro de tener algún accidente.


Mamá nos había programado para este veraneo muchas salidas y excursiones, pues sabe que estar inactivos los dos hermanos en casa es una bomba de relojería que puede explotar en cualquier momento. Y más este año que nos encontramos estropeada la televisión del piso, no sabemos por qué, pues el nuevo aparato TDT lo pusimos el año pasado y funcionaba muy bien. Tanto es así que solo había un canal que se podía ver: el de los toros. Buena panzada de verlos nos hemos dado esta quincena. “A falta de pan, buenas son tortas”, dice mi ío…

Hemos salido a comer varios días fuera de casa y todos nos han encantado. Cuando fuimos a cenar al Chopo disfrutamos como enanos del pescaíto fresco que nos pusieron, de las conchas finas al pil pil y, sobre todo, de los postres de helado que nos ofrecían. Para nosotros dos son el no va más.
También estuvimos varias veces comiendo al mediodía en El Criado, siendo el plato estrella -para nosotros dos- la paella tan rica. Las croquetas de puchero también estaban muy sabrosas, aunque los postres de helado, como es lógico, se llevaron la palma por nuestra parte. A los mayores les encantan los chopitos con patatas…
El día que almorzamos en el restaurante Asador Viña Málaga lo que más nos llamó la atención, a los dos hermanos, fue el postre: coulant de chocolate con helado, aunque de primero tomamos salmorejo y de segundo arroz a la cubana, dejándonos parte de ambos, pues nuestros estómagos infantiles (y más el mío que es más pequeño) no daban para más.
Como yo dormía en la habitación de mamá y mi hermano en la del ío, menos en las siestas que nos cambiamos, nos contábamos historias y cosas que habían pasado en el día que nos gustaba recordar o matizar. El ío le decía a Abel (y luego a mí) que, cuando era joven y soltero, tuvo una tienda de comestibles durante 18 años, que los abuelitos Manuela y Fernando regentaban, y nos gustaba que relatara pormenorizadamente todos los artículos que vendía, salpicándolo de anécdotas graciosas que a nosotros dos nos encantaban y luego contamos o repetimos a otros miembros de la familia o amigos. Estamos en la edad de ser sorprendidos por cuentos, invenciones y/o realidades de los mayores y las disfrutamos a tope. ¡Lo de que vendía polos flash en su tienda daba para mucho carrete…!
Las excursiones fueron todas inmejorables, aunque mi hermano -casi por principio- se oponía a casi todas; y yo, al ser su hermano menor, me solidarizaba; pero -al final- mamá y el abuelito conseguían arrancarnos de la casa y luego nos alegrábamos todos con creces, pues pasábamos días y momentos divertidos y súper entretenidos en el que aprendíamos muchas cosas preciadas.
Por celo personal, familiar y profesional mamá preparó múltiples excursiones y/o visitas culturales o lúdicas algunos de los días que permanecidos en Torre del Mar, espaciándolos bien para no pillar un atracón.


Un día nos llevó al Museo del Automóvil y la Moda (MAM) de Málaga y pasamos una mañana muy divertida. Nos echamos muchas fotos y admiramos el montón de coches diferentes y muchos y bonitos vestidos, en cuanto a modelos y épocas se refiere, que allí hay. Aprovechamos -también- la arrancada de tres vehículos fabulosos, a eso de la una y media, y su explicación correspondiente que, aunque no la entendimos demasiado, sí tuvimos el privilegio de montarnos en ellos, siendo invitados por el mismo guía que nos lo explicó todo maravillosamente bien. Para despedirnos de la visita y como recuerdo conseguimos que el ío nos comprase un coche, modelo exclusivo (que valía 20 euros, nada menos), y nos fuimos tan campantes y contentos. Este y algún que otro viaje lo hicimos con nuestro coche pues era más fácil llegar, sin tener que hacer transbordos de autobuses, ya que, además, sabíamos que encontraríamos fácil aparcamiento, como así fue siempre.


Lo mismo nos pasó otra tarde cuando visitamos la Colección Museo Ruso de Málaga que está pegado al de los automóviles y moda. Nos encantaron sus salas y exposiciones, además de que fotografiamos bastantes cuadros con los móviles de mamá y el ío, respectivamente. Yo ya me he hecho un aficionado nato a la fotografía, pues quería fotografiarlo todo con el móvil del ío. A mi hermano le pasó tres cuartos de lo mismo, pero con el móvil de mamá. El broche final de la visita lo protagonizamos Abel y yo, pues nos echamos dos partidas de ajedrez, que tanto aman los rusos, y nosotros también, pues el ío nos ha enseñado desde bien pequeños a jugar a los dos.


Nos gusta mucho. Yo, aunque soy el más pequeño de la familia, ya despunto, pues tengo una mente tan ágil que he aprendido bastante bien los diversos y complicados movimientos de todas las piezas en pocas lecciones. Por eso, nos echamos dos partidas, allí mismo, pues había un precioso ajedrez a la entrada-salida del museo, yo con las negras y Abel con las blancas y con un poco de ayuda del ío gané la primera partida con un jaque mate limpio, mientras que en la segunda lo dejamos en tablas…


Sin embargo las varias excursiones que hicimos a Málaga para visitar el OXO. Museo del Videojuego, que está junto a la catedral, el Museo de Málaga y no sé si alguno más fueron muy bonitas. Para ello siempre cogíamos el autobús directo desde Torre del Mar a Málaga que está cerca, en la estación de autobuses, frente a nuestro piso, y nos bajábamos siempre en el puerto, pues desde allí todos los lugares o exposiciones que íbamos a visitar estaban cerca y podíamos hacerlo a pie. Los diversos viajes que hicimos en autobús me encantaron. Tardábamos como tres cuartos de hora en llegar. En casi todos me dormía como un lirón y más siendo hora de la siesta, mientras que Abel era más duro de caer en el sueño.


Para decir toda la verdad la visita que más nos ha gustado a ambos, mi hermano y yo, ha sido la de OXO que ya hicimos el año pasado también, aunque al principio se nos resistió…, pues nos tiramos toda la tarde desde que llegamos hasta casi su cierre jugando con pantallas y ordenadores, principalmente, que hicieron nuestra delicia, no tanto de mamá y el ío que aguantaron pacientemente, por tal de vernos contentos.


El Museo de Málaga es una preciosidad, una joya, y está en un edificio y enclave estupendos. Nos divertimos mucho deambulando por sus amplias y bien surtidas salas de las tres plantas. La planta baja nos impactó, pues era un gran almacén de piezas puesto a la vista del público, especialmente una de sus salas que tenía unos cajones a los que Abel, y luego la ía, otro día posterior que volvieron ellos solos (los abuelitos), fue abriendo uno a uno y admirando y preguntando los nombres y la función de su contenido. Aquí pasó lo mismo que en otras visitas que empezamos a hacer fotografías con los respectivos móviles de mamá y el ío, hasta que se hartaron ambos y nos los quitaron.


Otra mañana fuimos al Museo Andaluz de la Educación, sito en Alhaurín de la Torre y único en Andalucía. Tuvimos suerte de que nos lo enseñara y explicara en profundidad su director. Quienes más disfrutaron fueron el ío y mamá pues les recordaban tantos momentos escolares que era difícil abstraerse de ellos. Y más el ío que toda su vida ha estado en la escuela, primeramente de alumno hasta que a los 19 años empezó su trabajo de maestro, precisamente en tierras malagueñas, donde hizo las oposiciones. Tolox, en la serranía de Ronda, fue su primer destino. Este año no hemos ido a visitarlo, pero el viaje lo tenemos en cartera para cuando yo sea un poco más mayor, pues nos pilla lejos de Torre del Mar. Seguro que nos encantará ver el lugar en que ejerció de maestro por primera vez mi querido ío Fernando. Había allí, en el museo, un grupo de monitoras y niños que estaban de campamento de verano explicándoles y haciendo experimentos y trabajos manuales sencillos de los avances tecnológicos que la ciencia ha experimentado. Se les veía a todos contentos y satisfechos.


Otros días hemos ido a pasear por la ciudad en la que veraneamos. La conocemos casi de cabo a rabo. La mayoría de los días jugábamos al futbol los tres (Abel, el ío y yo) formando dos equipos: uno, el ío conmigo, y otro, mi hermano. Lo malo es que casi siempre nos ganaba él, a pesar de darnos goles de ventaja.
También hemos aprovechado más de una tarde para montarnos en vehículos eléctricos (yo) o bicicleta (Abel) dando un gran recorrido de una hora por el magnífico paseo marítimo de Torre del Mar, por la zona que nos correspondía, claro está. Una vez marchamos juntos los dos con la atenta vigilancia de mamá y el ío; y otra nos dividimos: Abel se fue con el ío hacia el faro y nosotros (Saúl y mami) hacia oriente y el club náutico, aunque al rato nos volvimos a encontrar. No podemos vivir separados.


Otra de los lugares a los que hemos ido este verano varias veces y nunca nos cansamos de ello es al Ingenio, un centro comercial y lúdico que está entre Vélez-Málaga y Torre del Mar. Souldpark, la Sala de maquinitas y demás, es la que más no gustaba, pues tanto a la hora de saltar en las colchonetas (una hora nada más y nada menos) como divertirnos con los juegos de varias maquinitas, especialmente: baloncesto; caza de dinosaurios con pistolas de agua; acertar las bolitas en un panel con casetitas como si fuese un panal de miel; y la bolera han sido nuestras diversiones preferidas allí. Hemos acumulado muchos puntos que hemos cambiado por llaveritos muy curiosos que nos encantaban, aunque mi hermano Abel hubiese querido acumular puntos para un reloj, pero ello no nos fue posible, porque eran demasiados y al final era un gasto excesivo que no nos pedíamos permitir.


Como los hermanos todo lo enfocamos en juego y competición, con el fin de ver quién es el campeón o ganador en cada ocasión, hasta las entradas y salidas a nuestro bloque de pisos, como se hacen con una aparatito electrónico que parece una moneda de plástico, hubieron de estar tasadas, pues tanto Abel como yo nos pirrábamos por ser los primeros en hacerlo, por lo que el ío, en buena lid, programó un cuadrante que por sorteo (adivinando el número que él apuntaba en un papel aparte) se dilucidaba quién sería el que lo haría cada vez. ¡Qué buenos ratos pasamos sorteándolo! Se ve que eso de repartir la suerte y aprovecharla nos gusta a todos, especialmente a cualquier niño.


Mi hermano también ha leído bastantes mangas que se trajo de Sevilla, aunque no ha leído alguno de los muchos libros que tenemos en el piso y que bien que los leyeron mi madre y la tita Mónica en su infancia y adolescencia. Aunque el libro titulado “El diablo de los números” de Hans Magnus Enzensberger que le regaló la tita Mónica para la primera comunión de Abel, sí que se lo acabó antes de venirnos de veraneo. Tanto le encantó que estuvimos buscando por internet o la biblioteca de Torre del Mar a ver si había algo similar, pero no llegamos a encontrarlo.
Mamá, como es tan práctica, inteligente, y nos quiere tanto, desde el primer día fue haciendo una planificación (ahora le llaman planing, con la dichosa costumbre que hoy tiene la gente de usar el inglés para todo y por encima de todo) más o menos exhaustiva, que se podía cambiar a voluntad. La llevaba principalmente mi hermano Abel, en la que estaban apuntadas cada día de la semana qué excursiones o actividades podíamos hacer y lo bien que nos sirvió de estupenda guía veraniega.
La playa este año la hemos disfrutado menos puesto que mi hermano tuvo nada más llegar un panadizo en el dedo corazón de una mano, por lo que tuvimos que ir al médico, que lo curó y le mandó varios días que no se mojara el dedo ni bajase a la playa, por lo que aprovechamos para hacer otras actividades lúdicas.


Una excursión gratuita que nos encantó fue la de ir en un autobús turístico de dos pisos descapotable para ver la Vélez- Málaga andalusí, con representaciones teatralizadas de personajes de esa época, en las mismas empinadas calles, que nos encantó, a pesar de que mi hermano, como siempre, protestaba por no querer ir al principio, para luego quedar encantado y así se lo decía al abuelito cuando se acostaron para dormir esa noche.

También han jugado muchas veces el ío con Abel a las paletas de playa. Yo lo he intentado pero aún soy pequeño y no le cojo la onda. Ellos consiguieron varios records de golpes tanto individuales como entre ellos que bien que lo celebraban, aunque mi hermano, siempre incansable, quería conseguir más records.


Una tarde fuimos en nuestro coche a la feria de Almáchar pues estaban programadas actividades lúdicas y gratuitas para niños. Lo emprendimos con mucha ilusión admirando los paisajes serranos que íbamos atravesando y los cultivos de mangos frondosos que nos encontrábamos junto a la carretera hasta que llegamos al pequeño pueblo que estaba en fiestas. Como no pudimos aparcar, pues estaba a tope, nos volvimos por la misma ruta y presenciamos un principio de incendio junto a la carretera en el que ya varias personas luchaban por apagarlo. Mamá llamó al 112 para avisar, por si todavía no lo sabían. Luego nos encontramos que venían coches de policía y bomberos apresuradamente conforme nos íbamos acercando a Vélez-Málaga. También llamó al 112 cuando volvíamos de Alhaurín de la Torre, porque en la autovía había tirado -en uno de sus carriles- un trozo de algún alerón de coche o camión que se había desprendido y era muy peligroso. Mamá nos da siempre buen ejemplo de ser una buena ciudadana que vela por el bien de los demás, y por supuesto, de nosotros.
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Las comidas han sido estupendas, tanto las de los restaurantes que hemos visitado, pero especialmente las que nos hacia la ía, pues a mi hermano y a mí nos encantan y así se lo decimos y verbalizamos muchas veces, lo que le llena de satisfacción a nuestra abuelita Margarita. A mi hermano le encanta la fruta y aquí tenemos una frutería estupenda: Frutería La Viña (“Somos la mejor frutería, porque tenemos a los mejores clientes”, pone en su entrada y en la cabecera de su WhatsApp), pues son encantadores sus tres dueños: Jose padre, Trini y Jose hijo, aunque este último destaca sobremanera, pues sabe ser muy amable y dar palique y coba a todo el que pasa por su local yéndose siempre satisfecho y agradecido. A Abel, como el año pasado le contaba las cajas que tenía en la puerta y se las decía, este año le ofreció trabajo en la frutería, previo pago de 200 euros, para enseñarle el oficio de frutero, lo que mi hermano rechazó. Yo conté las cajas de fuera una vez y se las dije para que las tuviese en cuenta y viese que yo también sé contar como mi hermano… Los higos estaban buenísimos para mi hermano y los demás, aunque a mí no me hacen tilín, yo prefiero arándanos, frambuesas, uvas, kiwi, melón, sandía, etc. Estamos deseando acabar la comida para sentarnos o tendernos en el sofá o el suelo y tomar el postre tranquilamente viendo la televisión y -a ser posible- acabándola con un helado que mamá nos compra en la tienda ecológica (La Era Ecológica), siempre pensando en nuestra buena salud y alimentación. Esta año nos ha comprado una cajita de polos flash que nos han encantado, tanto congelados como esperando a que se derritan para bebérnoslos en un vasito y con pajita.
La leche con miel nos encanta a los dos, especialmente a Abel, aunque lo que verdaderamente me gusta a mí es soplar con la pajita y que salgan muchas burbujas, cosa que a los mayores no les hace gracia. No sé porqué, con lo divertido que es…
Las siestas en verano siempre son problemáticas y un capítulo dificultoso de solucionar, porque desde tiempo inmemorial los niños, aunque estemos cansados, no queremos meternos a echar la siesta que tanto les encanta a los mayores. Pero, este año, el ío lo solucionó proponiendo un módico refuerzo económico por día, cuyo montante al final iba a ser el regalo en metálico que nos dieran cuando nos despidiésemos al marcharnos a Sevilla. Hubo alguna siesta complicada pero todo se solucionó finalmente cuando cogíamos mi hermano o yo el sueño, siendo la siesta más llevadera para los mayores. La verdad es que no sé por qué…
Nos ha quedado por ver el Museo Interactivo de la Música en Málaga, pero nuestra agenda no ha dado para más. También es bueno dejar algo para el año que viene…
Los huevos Kínder en el supermercado Día cercano a casa han sido otra tentación en la que hemos caído casi todos los días, pues con la golilla del chocolate que lleva dentro y el regalo sorpresa, hemos podido coleccionar muchos regalitos que hemos puesto en el estante que hay bajo la televisión, constituyendo un portal de Belén laico, como le llamaba el ío, y que nos ha entretenido mucho colocándolo y recolocándolo una y mil veces entre mi hermano y yo.
Las disputas y disensiones propias de dos hermanos como somos nosotros (Abel y yo), que se quieren tanto, también afloran de vez en cuando provocando –finalmente- la reconciliación que tanto anhelamos todos. Estamos aprendiendo a vivir y todo nos sirve y más en la edad que ambos tenemos.



Los varios desayunos en La Bella Julieta han sido estupendos y gloriosos. Abel bien que los pedía (aunque es un pedigüeño nato y persistente con nosotros allá donde va; y yo no voy a ser diferente, digo yo), pues no se nos olvidarán nunca, así como los churros con chocolate que hemos tomado algún que otro día para desayunar y que nos han sabido a gloria.

Como todos los días nos gusta convertir lo cotidiano en juego y diversión, aprovechábamos la bajada de basura, plásticos, cartón o vidrio y especialmente con los plásticos (las botellas de agua, gazpacho y leche, especialmente) para divertirnos y “encanastarlos” como decía Abel (y yo también); siempre en plan competición a ver quién encesta mejor, desde más lejos y antes…


Como buenos hermanos siempre nos buscamos y nos necesitamos, aunque en cualquier momento surge la tormenta y las peleíllas y disensiones saltan por doquier, pero -al final- todo queda en agua de borrajas. El que haya tenido hijos lo entenderá perfectamente…
Casi todos los días aprovechábamos para leer. Mi hermano, sus libros, y yo, una vez que en Sevilla acabé de leer las dos cartillas Micho con el ío, la ía se llevó el libro CAN y ME y con el ío, principalmente, lo he acabado. Ya me gusta ir por la calle leyendo títulos y/o carteles, vengan en mayúscula o minúscula, aunque empecé mi proceso lectoescritor en mi cole del Huerta de Santa Marina, gracias a mi maestro Juande, con las primeras.
Tanto de las aperturas de puertas del portal del edificio como de las siestas y actividades a realizar por mi hermano la mamá y el ío tenían buena cuenta escrita, anotada en una tabla preparada al efecto, para que nada se escapase, como así ocurrió. “Hombre precavido, vale por dos”, nos dice el ío que es muy amigo de decir proverbios por doquier y de explicárnoslos para que nos vayan calando y el día de mañana podamos nosotros usarlos en su momento apropiado. Y aquí lo dejo.

Nos fuimos de vuelta a nuestra ciudad de nacimiento el mismo domingo -3 de agosto-, después de comer, llegando sin novedad a la calurosa Sevilla.
Se me había olvidado decirles que soy Saúl. La próxima segunda quincena de agosto la pasaremos en Úbeda, si Dios quiere, por lo que tomará el relevo mi hermano Abel para relatarles a ustedes, amables lectores, lo bien que nos lo pasamos en la bonita y entrañable tierra ubetense de mis abuelos y madre.
¡Hasta luego!
Torre del Mar, 9 de agosto de 2025.
Fernando Sánchez Resa
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