Conforme el tiempo, tan fugaz y pasajero siempre, va regalándome años, estaciones y días, con su chispa de novedad y sabiduría cotidiana, voy cerciorándome -cada vez más- del mitificado paraíso perdido de mi infancia que ya nunca volverá, pero que puedo rememorar una y otra vez, según se me antoje, cual bálsamo de Fierabrás…
Así, feliz y contento, siempre ligero de equipaje, porque mis necesidades y preocupaciones tenían la seguridad de ser resueltas eficientemente por mis progenitores, es como recuerdo los años dorados de mi infancia en la que mis padres (especialmente, mi madre) jugaban un papel capital en mi corta vida.
Entonces eran estíos largos y bien aprovechados en donde la calle, con vecinos y amigos, constituían el improvisado campo de juego y de batalla para vencer al tedio y a lo desconocido e ir aprendiendo cómo la vida nos va mostrando su cara amiga y su cruz amarga, pero teniendo las espaldas bien cubiertas ya que todo se resolvía satisfactoriamente, mientras mi conciencia del ser y del estar iba madurando y construyéndose cada día.
La inmensidad, la dulzura y la inocencia de aquellos veranos va agrandándose en mi mente, sobre todo cuando los contrasto con la infancia que experimentaron mis hijas y, hoy, mis nietos, porque cada jornada van aprendiendo el complicado oficio de vivir, siempre respaldados por sus padres, abuelos, maestros, amigos y compañeros.
¡Qué tiernos, bellos y añorados aquellos veranos de mi infancia!
Torre del Mar, 6 de agosto de 2025.
Fernando Sánchez Resa
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