Empalmando con el tema de las navidades con el que acabé el capítulo anterior, me gustaría comentar lo siguiente. Estas fiestas, cada año, nos las ponen más pronto (empiezan a primeros de noviembre) y al estar quitándole el original mensaje religioso trocándolo por un producto espurio y de felicidad ficticia, va ocasionando, cada vez en más gente, que cuando llegan estas fechas, se digan «¡felices fiestas! » (paganas, habría que decir, que es lo que quieren que tengamos), pues lo que pretenden es que consumamos mucho, banalizándolo todo por aquello de que «vivir son dos días y hay que llevarse disfrutado todo lo que se pueda al otro mundo». Es una auténtica filosofía no cristiana que nos van colando paulatinamente, convirtiendo en esta (pasada) navidad en apocalíptica con guerras y maldades que no cesan (al igual que en el resto del año).
Cada día me acuerdo más de las pacíficas y entrañables navidades de antaño cuando vivía con mis padres, tíos y abuelos en feliz armonía: eran pobres pero honradas, sin tanto consumismo ni bombardeo del marketing ideológico y comercial. Cada vez me van dando más asco estas fiestas, aparte de que echo de menos a mis seres queridos que se fueron al Cielo hace ya tanto tiempo, aunque -por mi edad- no creo que me falte mucho para emprender ese mismo viaje; pero la gente vive como si no se fuese a morir nunca. Qué filosofía occidental más dañina y nefasta nos han metido lentamente, puesto que lo que pretenden es que vayamos solamente “el vivo al bollo y el muerto al hoyo” o simplemente tener en cuenta “tanto tienes (en dinero y/o riquezas, no en cualidades virtuosas), tanto vales”…
Ahora me da por acordarme de la paradoja de nuestro tiempo, en estos calores veraniegos, pues parece que es preciso pasar frío en el estío (con los aires acondicionados a tope) y calor en invierno (con las calefacciones ídem). Un mundo al revés como en tantas cosas que estamos viendo y nos queda por ver. ¡Es nuestra nueva realidad, qué le vamos a hacer!
Cuando lo que verdaderamente importa es la conexión con las personas que nos rodean (familiares, vecinos, amigos, compañeros…) y con nosotros mismos. Yo creo que nuestra tarea más urgente es la resistencia activa y pasiva a todos los estímulos alienantes que nos rodean y atenazan, haciéndonos la vida más fútil y vacía. ¡Ay esos móviles y esas pantallas que van a acabar con la auténtica y verdadera comunicación entre las personas cercanas! Perdona, amable lector, que me ponga un tanto filosófica y negativista, pero mis muchos años me permiten ese desahogo personal. Lo necesito…
Y ahora paso a otros temas y asuntos que me trae mi memoria cual torbellino de ideas, que son más anecdóticos y agradables que los que he expuesto anteriormente.
Azañón era el nombre con el que se le conocía al machacante de mi suegro, que era militar y poeta para más señas. Tenía una cualidad rara y especial (que además siempre producía irremisiblemente hilaridad), que no todo el mundo tiene y menos siendo joven, otra cosa es si fuese viejo. Poseía una facilidad pasmosa para pegarse pedos, pues lo hacía a voluntad propia o por encargo de sus amigos o conocidos. Le decían «Azañón, pégate un peo…; ahora, alárgalo…» y lo hacía perfectamente y al momento; y si, además, le pedían que lo cortase en un determinado momento, así lo hacía con maestría y prodigalidad pasmosas. ¡No me extraña que siempre fuera la atracción permanente del grupo de confianza en el que se encontrase…!
Tengo bellos y bonitos recuerdos de la infancia de mis nietas en Úbeda, pues cuando llegaba la Semana Santa ponían ellas todos los penitentes de todas las cofradías ubetenses, encima de su chimenea, para ir colocándolos un paso adelante conforme iban saliendo a la calle todas ellas, hasta que se terminaba la Semana Mayor cuando Jesús Resucitado salía y se encerraba y mis nietas le daban un paso al frente. Luego, había que volver a meter los pequeños penitentes en la cajeta donde se guardaban y esperar al año siguiente para ponerlos de nuevo en procesión, teniendo en cuenta que, a lo mejor (lo más seguro), había nacido una nueva cofradía y era preciso comprar su penitente correspondiente o varios, pues solían salir muchas mujeres de mantilla en cada vez más procesiones, para que su colección de penitentes de semana santa estuviese siempre bien completa…
Hoy me gustaría sacar a colación el machismo exacerbado y latente que todavía nuestra sociedad occidental tiene, a pesar de que ahora algunos hombres (no todos) ejerzan diferentes roles más feminizados que los de antaño. Hemos avanzado, no digo que no, pero no tanto como creemos, aunque se vean bastantes varones paseando a su bebé en el carrito o acunándolo en sus brazos, incluso jugando alegremente con sus hijos o entreteniéndolos para que no se aburran ni molesten, pero son muchos años aún de testosterona dominante y recurrente, que no se curan en una generación y menos en una tarde. Y no es que esté yo de acuerdo con las feministas más redomadas que lo que quieren es revertir la situación de antaño y que desaparezca el machismo rampante a favor del feminismo a ultranza del mismo calibre que aquél, pero con la tortilla vuelta del revés, no buscando precisamente un cierto equilibrio en el que los dos sexos tengan derechos y deberes compartidos, en la medida de lo posible, y en bien de la cordial convivencia. Hay mucha hipocresía individual y, sobre todo, social o colectiva en este y otros muchos temas.
Hablando de otro tema: mi generación ha sido una de tantas en el pasado que todavía teníamos que lavarnos por partes (los cuartos de baño o aseo no existían como hoy los tenemos tan a mano; y el bidé ni lo conocíamos, al menos los pobres). Lo hacíamos normalmente los sábados por la tarde-noche o los domingos por la mañana, según cada familia, en los tiempos que no había ducha y eran las palanganas y los cubos los que funcionaban y daban el mejor servicio de toilette.
Ni siquiera conocíamos la limpia calefacción que, hoy, cualquier pisito tiene tan a mano; con la hoguera de palos o el brasero de cisquín nos apañábamos para no resfriarnos en demasía durante los crudos y largos inviernos. Pasábamos mucho frío siempre en aquellos otoños, inviernos y primaveras ubetenses de antaño, hoy no tienen comparación, pues estamos en nuestros pisitos o casas con calefacción y todos los adelantos que hacen la vida más llevadera en el hogar; ¡ah!, y con todas las puertas que encajan y cierran bien. El aire no se puede meter en las casas como en mi infancia y juventud… La calefacción central ni existía, solo las hogueras de palos y el cisquín del brasero para paliar las inclemencias del crudo invierno siberiano ubetense de ayer.
Antiguamente teníamos que secar la ropa en la lambrera (alambrera) que cubría el brasero de orujo o cisquín para no quemarse. Y la colada se hacía a mano (la mujer, no hace falta decirlo) y en el corral o patio (que era donde estaba la pila), con el agua fría (y el terrible frío reinante) que te cortaba hasta la respiración. No existía el calentador eléctrico o de gas, solamente se podía calentar el agua en una olla o puchero al fuego del hogar. También es verdad que parece que entonces éramos más duros todos, como la existencia nos exigía, y superábamos todas las dificultades con ingenio, trabajo y valor. En fin, son fotogramas antiguos que cual película de parte de mi vida he querido sacar a colación aquí, con el fin de recordar y recrear la existencia que tuvimos durante el primer medio siglo pasado.
Cómo me aburre y apena lo que me cuentan mis hijas y nietas de la vida real de la que yo ando ya un tanto apartada, pues la televisión hace años que ni la veo, ni oigo la radio (las redes sociales no sé ni lo que son, ni me interesan), especialmente las noticias, pues se han convertido, como el periódico El Caso de mi época, en una exposición continuada de desgracias y tremebundas historias, de mentiras por doquier (fake news, le llaman ahora, me soplan mis nietas), en donde los políticos siempre acaparan toda la cuota de pantalla que pueden y quieren, para que el televidente (u oyente radiofónico) no encuentre nunca la paz y el sosiego con su visionado (o audición). ¡Qué decir de las continuas y extensas tramas corruptas que asolan nuestro patio nacional, principalmente, o internacional! No sé lo que pretenden: si es que nos aburramos, cabreemos y/o enervemos o que -por el contrario- nos acostumbremos a ellas y saquemos la conclusión de que todos son iguales, mande quien mande…
Cuando veo en las revistas y en la realidad como envejece la gente y lo poco que pensamos en el futuro, me conmuevo. Ahora que, como todo llega, hasta la enfermedad y la muerte, vas viendo cuando envejeces que las pasiones y quimeras se van apagando progresivamente y la triste realidad de la senectud se asienta en tu vida. No sé qué pretende y quiere la gente famosa (o aspirante) con esos casoplones y esa vida de pandereta y escaparate, vacía al fin y al cabo, cuando se vive mejor en un piso mediano o, mejor, pequeñito, donde todo está a la mano y no se necesita a nadie para que te lo limpie, fisgonee y ordene nada.
Sevilla, 15 de julio de 2025.
Fernando Sánchez Resa
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